La polarización después de Alberto: rosca, centro huérfano y la pulseada Milei–Kicillof

Después de la presidencia de Alberto Fernández, la conversación política argentina quedó atrapada en un loop: menos gestión, más “rosca”. En YouTube y en redes, el género explotó —programas como La Rosca de El Influencer TV, vivos de @rosca_tinto con el latiguillo “ARRANCÓ LA ROSCA”, o el clip de @futurockok (“¿La rosca política ya fue?”) que termina con un exabrupto de hartazgo: “que se cague en absolutamente todo”. La rosca, ese entramado de favores, listas y operaciones, pasó de ser trastienda a ser espectáculo. El problema es que maratonear rosca no suma: informa a cuentagotas, pero agota más de lo que explica, y la conversación digital ya lo registra. Un análisis de Perfil (“Menos rosca, más bronca”) mostró que el foco online se corrió de la rosca a los precios y el bolsillo; la gente no dejó de mirar la rosca, pero la bronca económica le ganó en relevancia.

En ese clima aparece el “centro huérfano”. No es una categoría técnica de encuesta, es una sensación: votantes que no se reconocen ni en el polo libertario ni en el peronista/kirchnerista. La polarización posterior a Alberto achicó ese centro. La consultora Tendencias midió que los moderados —quienes respondían “regular/positivo” o “regular/negativo”— pasaron de más del 40 % a alrededor del 22 % entre mayo y agosto; en el mismo movimiento, el apoyo a Javier Milei subió a 41,5 %, pero su rechazo tajante también escaló a 36,1 %. Es decir: menos indecisos, más definiciones… en ambos extremos.

Esa dinámica beneficia y perjudica a la vez a los dos protagonistas del nuevo duelo, Milei y Axel Kicillof. Por un lado, la polarización consolida núcleos: los discursos antagónicos funcionan como pegamento interno. Un análisis de La Nación describe que Milei y Kicillof “fidelizan su electorado” con estilos dogmáticos y una concepción confrontativa de la política; cada uno se vuelve el “anti” del otro y retiene a los convencidos. Por otro lado, sube el techo de rechazo y deja afuera al votante que no se siente interpelado por la pelea. A nivel territorial, Milei lidera en 21 de 24 provincias mientras Kicillof mantiene ventaja en Buenos Aires, lo que convierte a la provincia en el tablero donde la polarización se vuelve más cruda.

El otro factor es la fragmentación del peronismo/kirchnerismo después de Alberto. Las disputas por listas y la tensión entre Kicillof, Massa y el kirchnerismo duro se ventilan en la misma rosca que antes era trastienda. Reuters advierte que una eventual ruptura podría favorecer a Milei en Buenos Aires, justamente donde la pelea está más pareja. En paralelo, el propio espacio bonaerense reconoce el desgaste del oficialismo nacional previo: funcionarios de Kicillof acusan a Milei de haber “convertido el odio en política de Estado”, pero también cargan con el costo de la gestión anterior.

¿Resultado? Un escenario donde la polarización sirve para ordenar identidades (Milei vs. Kicillof como dos modelos claros) y, al mismo tiempo, limita el crecimiento de ambos: cada paso que afirma a su base aumenta el rechazo del otro lado y deja un centro que, huérfano y cansado de la rosca, migra hacia la agenda económica cotidiana. La rosca sigue a full en YouTube porque entretiene y dramatiza, pero no reemplaza a la gestión ni a los bolsillos; cuando la conversación digital se corre a precios y salarios, la polarización pierde brillo y empieza a pesar el veredicto económico.

Si se mira desde afuera —como observador— el patrón es nítido: menos moderados, dos polos que se retroalimentan, un peronismo en disputa y un electorado que, cuando se cansa, cambia el eje del debate. La pregunta no es solo si la polarización le sirve a Milei o a Kicillof; es cuánto tiempo puede sostenerse cuando el centro, aunque más chico, sigue decidiendo con la heladera.

Carlos Alberto Leiva

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