Argentina asiste hoy a un fenómeno que la ciencia económica celebra en sus laboratorios, pero que el ciudadano de a pie padece en su mesa diaria: la consolidación de un desierto financiero. Estamos frente a un país que ha logrado domesticar al dólar, ese animal mitológico que durante décadas devoró nuestras esperanzas, pero que lo ha hecho a un costo que la honestidad intelectual nos obliga a nombrar sin eufemismos: el enfriamiento casi absoluto de la vida material del trabajador.
El dólar cae, es cierto. Las pantallas de la city muestran números en verde y una estabilidad que envidiarían periodos anteriores. Pero esa caída no es el resultado de un salto productivo o de una lluvia de inversiones que generen empleo genuino; es, en gran medida, la consecuencia de una anemia de pesos. El dólar baja porque ya nadie tiene con qué comprarlo. La oferta supera a la demanda, no por abundancia de divisas, sino por la desesperación de quien tiene que vender sus pequeños ahorros para pagar una boleta de luz que, en su lógica de ajuste, no entiende de “pax cambiaria”.
Hay que tener el coraje de mirar la realidad sin el filtro del fanatismo. El realismo más crudo nos indica que la estabilidad financiera es una condición necesaria, pero nunca suficiente. Un país no es una planilla de Excel. Mientras el macroeconomista aplaude la acumulación de reservas en el Banco Central, el comerciante de barrio ve cómo se marchitan sus ventas y el trabajador observa, con una mezcla de perplejidad y bronca, que aunque el dólar no se mueva, los precios en el supermercado tienen vida propia. Es la “inflación en dólares”, ese limbo económico donde somos caros para el mundo y pobres para nosotros mismos.
Este escenario está provocando un sismo en el contrato electoral. El votante que buscó en la figura de Javier Milei una ruptura con el pasado se encuentra hoy en un callejón de paradojas. El apoyo se erosiona no por una cuestión ideológica, sino por una cuestión biológica: el bolsillo tiene memoria y el hambre no sabe esperar los tiempos de la macroeconomía.
Es allí donde surge, como una sombra que cobra cuerpo, la figura de Victoria Villarruel. El realismo político nos obliga a ver que ella empieza a representar, para muchos, un refugio de orden que se percibe menos dogmático y más sensible a las jerarquías tradicionales. El “voto arrepentido” no siempre vuelve al pasado que rechazó; a veces, busca dentro del mismo presente una variante que le devuelva la sensación de que el sacrificio tiene un sentido y un límite.
La honestidad intelectual nos exige concluir que Argentina está en una encrucijada peligrosa. Haber domado al dólar es un triunfo técnico, pero si ese triunfo se sostiene sobre los hombros de una clase media que se hunde y un consumo que desaparece, estamos construyendo sobre arena. La paz cambiaria es hoy el silencio de un cementerio de consumo. El desafío del poder no es ya mantener el dólar bajo, sino evitar que la realidad social estalle antes de que los beneficios de esa estabilidad —si es que existen— logren cruzar la puerta de un hogar trabajador.
Carlos Alberto Leiva