Argentina padece, de forma cíclica, la irrupción de voluntarismos que confunden la épica con la eficiencia. El pensamiento de Juan Grabois, articulado en su “Plan de Desarrollo Humano Integral”, es la última versión de este fenómeno: una arquitectura de buenos sentimientos construida sobre cimientos de arena fiscal. No se trata aquí de cuestionar la legitimidad de sus preocupaciones sociales —que son reales y urgentes—, sino de señalar la frontera donde el deseo choca contra la aritmética.
La primera gran fantasía del modelo Grabois es la creencia de que se puede fundar una economía paralela, la llamada “Economía Popular”, de forma aislada y autosustentable. Proponer la creación de cuatro millones de puestos de trabajo mediante cooperativas y urbanización estatal suena a reparación histórica, pero en la práctica requiere un flujo de miles de millones de pesos que el Estado argentino, quebrado y sin crédito, simplemente no tiene. Pretender financiar esto mediante el “Proyecto Karina” —un impuesto permanente a las grandes fortunas— es ignorar que el capital es cobarde y móvil: en un mundo globalizado, los impuestos punitivos no recaudan esperanza, sino que aceleran el exilio de las inversiones.
El modelo propone, además, una suerte de “neoproteccionismo inteligente”. En el contexto del G20, donde los países emergentes compiten por tecnología y mercados, cerrarse para proteger una industria artesanal es condenar al país al atraso tecnológico. La fantasía de la “moneda sur” atada al real brasileño es otra expresión de deseo que ignora la asimetría de nuestras productividades; Brasil no aceptará cargar con el lastre de un socio que no disciplina su gasto público.
Pero quizás el punto más crítico sea la gestión de la deuda. Declarar la “ilegitimidad” de los compromisos externos es un ejercicio de retórica que el mercado internacional no perdona. Un país sin crédito es un país sin infraestructura, sin energía y sin futuro. La idea de que Argentina puede sobrevivir como una autarquía moral, dictando sus propias reglas financieras al margen del sistema global, no es una alternativa soberana; es una receta para la marginalidad.
Lo que no funcionará del modelo de Grabois no es su diagnóstico sobre la pobreza, sino su remedio: un estatismo planificador que asume que el Estado es un administrador eficiente por naturaleza. La historia argentina reciente demuestra que, cuando el Estado expande su gasto sin respaldo en la economía real, el resultado no es la dignidad del trabajador, sino la licuación del salario vía inflación.
En definitiva, la propuesta de Grabois es una sinfonía de deseos que carece de partitura económica. Argentina necesita soluciones que funcionen en el mundo real, no laboratorios de ingeniería social que, en nombre de la justicia, terminan repartiendo equitativamente la miseria. La verdadera gobernabilidad no se construye con utopías, sino con la responsabilidad de entender que el bienestar no nace de un decreto, sino de la confianza y la producción.
Carlos Alberto Leiva