Cuando la diputada libertaria Lilia Lemoine lanza frases como “son más putas que las gallinas”, no se trata solo de una salida de tono. La expresión pertenece a un viejo repertorio de “animaladas machistas” que comparan a las mujeres con animales para degradarlas; el libro Más puta que las gallinas (y otras animaladas machistas) justamente la recoge como ejemplo de ese lenguaje. Usarla en el debate público reactiva un mecanismo conocido: reducir a la adversaria a su supuesta sexualidad y, desde ahí, descalificarla.
Un estilo de choque
Lemoine cultiva un registro provocador y crudo. En un cruce televisivo, por ejemplo, llegó a ilustrar una acusación con una comparación sexual extrema (“si yo estoy diciendo que vos sos un pedófilo… te acusó de que te garchas a tu gato”) como recurso de impacto. Esa búsqueda de shock es una marca personal que atraviesa sus intervenciones.
Cómo la percibe la sociedad
La recepción mayoritaria ha sido de repudio institucional y social. Cuando atacó al activista Ian Moche —diciendo que “lo hacen actuar de autista” y que su madre “lucra”—, el episodio “generó un inmediato rechazo en redes y en sectores de la sociedad” por estigmatizar la discapacidad. Diputados de varios bloques presentaron un proyecto de repudio, exigieron disculpas públicas y advirtieron sobre posibles sanciones por “conducta discriminatoria, estigmatizante y negacionista”.
Los insultos a la vicepresidenta Victoria Villarruel (“sanguijuela”, “garrapata”) derivaron en una denuncia de una ONG y en un “bozal legal” impuesto por un juzgado para que cese las “conductas ofensivas y discriminatorias”. Y tras participar de burlas sobre los “vuelos de la muerte”, organismos de derechos humanos pidieron incluso su expulsión del Congreso, calificándola de “perversa” y denunciándola por apología del terrorismo de Estado.
Ese patrón —provocación, viralización, repudio— se repite y polariza: mientras buena parte del arco político, organizaciones sociales y colectivos de género y discapacidad la condenan, un núcleo libertario celebra su “autenticidad” y su rechazo a la corrección política.
¿Parte de la “batalla cultural” de Milei?
Sí, encaja en el marco que el propio Milei define como batalla cultural contra el feminismo y la “agenda woke”. El presidente ha sostenido que el feminismo “ha derivado en burocracia estatal” y llegó a proponer eliminar la figura de femicidio del Código Penal, argumentando que “legaliza que la vida de una mujer vale más que la de un hombre”. Analistas lo resumen como “la guerra de Milei contra las mujeres”.
Lemoine se ubica como operadora de esa disputa: afirma que “me metí a dar batalla cultural CANSADA de la censura y el maltrato. Vamos ganando varias batallas contra el #MarxismoCultural” y tiene antecedentes de intervenciones directamente antifeministas, como su “Carta a una feminista moderna”, calificada de “machista y misógina”. Estudios académicos la incluyen junto a Villarruel como voces de La Libertad Avanza que desafían las nociones de feminismo y políticas de género.
¿Condena el coito?
La frase sí conlleva una condena moral de la sexualidad femenina —slut-shaming a través del animalismo—, pero Lemoine no predica abstinencia: instrumentaliza el sexo. Mientras estigmatiza a otras mujeres con insultos sexualizados, reivindica su propio cuerpo como capital político (“suban mis fotos en tanga”, “voto pajín” para atraer a los “pajines”). También promovió un proyecto para que el varón pueda renunciar a la paternidad si la mujer no le avisa del embarazo en 15 días, regulando las consecuencias del coito desde el Estado.
“Más putas que las gallinas” funciona como un insulto machista clásico y, al mismo tiempo, como pieza de una estrategia más amplia: la batalla cultural libertaria contra el feminismo. Su eficacia no está en el argumento, sino en el impacto —y en la polarización que genera—: agravia a las adversarias, moviliza a la base propia y obliga al resto del sistema político a responder con repudios y medidas legales.
Carlos Alberto Leiva