La política no puede conformarse con frases que suenan bien y no cambian nada. El 25 de Marzo, Día del Niño por Nacer, vuelve a poner en escena un repertorio conocido: “Argentina es tierra de vida”, “la grandeza de la Patria empieza con la familia”, “la población es el recurso más valioso”. Son palabras que acarician una identidad —la de quienes se reconocen en la defensa de la vida y la familia—, pero que se quedan cortas cuando la realidad cotidiana está marcada por la incertidumbre.
Celebrar la familia es legítimo y necesario. La familia —en su sentido amplio, diverso, elegido y sostenido con afecto— es refugio, es red, es transmisión de valores y de cuidado entre generaciones. El problema empieza cuando esa celebración se vuelve sustituto de la política. Sin un marco concreto que garantice condiciones materiales para formar y sostener un hogar, la consigna se convierte en un cliché: suena parecido a decirle a un pobre hambriento tirado en la calle “Dios te ayude, pero no cuentes conmigo”.
En Argentina, la decisión de tener hijos no se toma en el vacío. Se toma en un país con salarios que pierden contra los precios, con alquileres que asfixian, con changas que reemplazan al empleo estable, con jardines maternales que faltan y licencias que no alcanzan. La desigualdad no es una estadística lejana: es la distancia entre quienes pueden proyectar y quienes viven el día a día. La pobreza no es un estado moral: es la falta de ingresos, de tiempo y de servicios que permitan cuidar sin desangrarse. El desempleo y la precariedad no son detalles: son la base sobre la que muchas personas postergan o descartan la maternidad y la paternidad, no por falta de amor a la vida sino por falta de piso.
Cuando un discurso público omite estas dimensiones, no solo simplifica el problema; también elige a su público. Habla hacia adentro, a un sector que ya se siente interpelado por la defensa de la vida y la familia, y deja afuera a la mayoría que necesita respuestas más terrenales. El cliché funciona como marketing identitario: refuerza pertenencia, evita fricciones, no compromete recursos ni gestión. Pero la política no está para decorar valores; está para traducirlos en instituciones, presupuesto y derechos.
Si de verdad importa la familia —y la vida que en ella se gesta y se cuida—, entonces la agenda es material y concreta: trabajo de calidad con salarios que permitan planificar; vivienda accesible y seguridad en la tenencia; un sistema público de cuidados que incluya jardines, centros de primera infancia y acompañamiento en los barrios; licencias equitativas y tiempo para criar; salud integral, educación sexual y acceso a métodos anticonceptivos para que cada proyecto de vida sea decidido, no impuesto por la urgencia. Nada de esto niega el valor simbólico de la familia; al contrario, lo vuelve posible para más personas.
El Día del Niño por Nacer puede ser una fecha para recordar un compromiso, pero no debería convertirse en una postal. La política que se toma en serio a la familia es la que se anima a incomodar a los lugares comunes: reconoce que la natalidad está atravesada por la economía y el tiempo, que el cuidado es trabajo y que el Estado tiene un rol insustituible para que el deseo y la posibilidad se encuentren. Sin ese piso, el discurso se vuelve piadoso y distante; con ese piso, la celebración de la vida deja de ser eslogan y empieza a ser realidad.
Carlos Alberto Leiva