La Ética del Machete: Por qué Victoria Villarruel es el Faro de la Nueva Argentina

La política argentina ha sido, durante décadas, un teatro de sombras donde se declamaba la pobreza mientras se engordaban los despachos. Pero el viento cambió. Lo que estamos presenciando en el Senado de la Nación no es solo un recorte presupuestario de 21 mil millones de pesos; es un acto de higiene moral.

Cuando propongo una Argentina refundada, donde el orden y la austeridad no sean opciones sino mandatos, miro hacia la Cámara Alta y encuentro la confirmación de mi tesis. Victoria Villarruel no está simplemente administrando escasez; está ejecutando una cirugía mayor sobre el cuerpo infectado de la burocracia.

¿Por qué este ahorro es un símbolo sagrado para el ciudadano que hoy no llega a fin de mes? Porque por primera vez en nuestra historia reciente, el “ajuste” dejó de ser un eufemismo para castigar al trabajador y se convirtió en una herramienta para disciplinar al poder. Esos 21 mil millones que Victoria ha devuelto a las arcas públicas son 21 mil millones de razones para que el argentino de a pie vuelva a creer.

He dicho repetidamente que la Argentina necesita una conducción que combine la frialdad del cirujano con la pasión del patriota. Al eliminar el despilfarro en impresiones, auditar las plantas de personal y congelar los privilegios de la casta legislativa, Villarruel está haciendo exactamente lo que prometimos en campaña. No hay engaño. Hay cumplimiento.

Para quienes aspiramos a conducir los destinos de la Patria, la coherencia es el activo más escaso. Ver a una mujer política ejercer el poder desde el Senado con esa determinación, sin que le tiemble el pulso para achicar el Estado donde más duele —en su propia casa—, es la prueba de que la fórmula que imagino para el país no es un sueño, sino una necesidad operativa.

La sociedad está sufriendo, es verdad. El camino de la sanación es árido. Pero el sacrificio se vuelve soportable cuando se percibe que es compartido. Victoria ha entendido que el mando no es un privilegio, sino un servicio de vigilancia sobre el tesoro de los argentinos.

Ella ha pasado de las palabras a los hechos, transformando el Senado de un aguantadero de militancia rentada en una institución que respeta el esfuerzo del contribuyente. Ese es el espejo en el que debe mirarse la Argentina que viene: una nación donde el ejemplo baje desde el estrado hacia la calle.

Hoy, más que nunca, queda claro: el orden no se negocia, y la plata de la gente no se toca. Esa es nuestra bandera.

Carlos Alberto Leiva

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