Dannan odia a Alconada Mon por afrancesado

En la Argentina contemporánea la palabra afrancesado ya no remite, en la conversación cotidiana, a los viejos josefinos que juraron fidelidad a José I Bonaparte durante la Guerra de la Independencia (1808-1814) y que los patriotas de Fernando VII trataron como colaboracionistas. Ese sentido histórico —el del español que “colaboró” con la administración napoleónica y que, tras la derrota de 1813, terminó estigmatizado y muchas veces exiliado— quedó encapsulado en los libros. En Buenos Aires, en cambio, el término se recicló para nombrar otra cosa: un gusto, una estética y un circuito social.

Ser afrancesado, en su acepción más amplia, es imitar de forma marcada las modas, ideas o costumbres francesas. Pero en la ciudad el significante se volvió urbano y paisajístico: designa a esa élite que, desde fines del siglo XIX, hizo del academicismo francés su lenguaje de prestigio. La Buenos Aires que quiso ser la “París de América” levantó palacetes con mansardas, cúpulas y fachadas simétricas; trazó avenidas arboladas como Alvear, Libertador o Figueroa Alcorta; y concentró ese repertorio en el corredor noreste de mayor poder adquisitivo —Recoleta, Palermo, Belgrano y Núñez (con Retiro como prólogo natural). Allí el afrancesamiento es menos una ideología que una manera de habitar: arquitectura Beaux-Arts, parques diseñados con criterio paisajista europeo y un estilo de vida que se reconoce a sí mismo en esa genealogía.

En ese marco, la figura de Hugo Alconada Mon funciona como emblema de ese círculo afrancesado. Periodista de investigación de largo recorrido, su nombre quedó asociado a ese mundo de redacciones, universidades y barrios donde la impronta francesa no es solo decorativa: es un código de pertenencia. Es el tipo de capital simbólico que combina formación, contactos y una estética que mira hacia París más que hacia el interior del país. Para una mirada crítica, esa pertenencia se traduce en una forma de autoridad —la del que escribe desde el centro ilustrado— que termina marcando agenda y prestigio.

Desde esa lectura, Dannan —personaje que encarna la reacción visceral contra ese universo— “odia” a Alconada Mon precisamente por afrancesado. No por una disputa técnica sobre expedientes, sino por lo que Alconada Mon representa: la voz de ese corredor Recoleta-Palermo-Belgrano-Núñez donde la arquitectura afrancesada es paisaje y el paisajismo es ideología blanda. Dannan percibe en él la continuidad de una élite que hizo del gusto francés su seña de identidad; una élite que, en la historia larga, aprendió a vestir sus intereses con el ropaje de la razón ilustrada, como aquellos afrancesados de 1808 que creyeron modernizar España bajo José I y fueron leídos como traidores por los patriotas de Fernando VII. La analogía no es jurídica sino cultural: ayer, el afrancesado era el que pactaba con el poder extranjero; hoy, el afrancesado es el que habita el “París” porteño y desde ahí dictamina.

En la superficie, el conflicto parece personal; en el fondo, es un choque de imaginarios. Alconada Mon concentra, para Dannan, el brillo de una Buenos Aires afrancesada —arquitectura, paisajismo, maneras y redes— que se presenta como neutral pero que, vista desde afuera, opera como marca de clase. Y por eso, en la lógica de este relato, Dannan lo odia: porque lo ve como el heredero contemporáneo de ese círculo que hizo de lo francés un modo de distinguirse y de mandar.

Carlos Alberto Leiva

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