En Palermo cae la tarde y las vidrieras de Santa Fe quedan encendidas pero vacías, como si la luz fuera una promesa que ya no alcanza. En la esquina una mujer cuenta pesos frente al kiosco, devuelve el fiambre y se lleva sólo el pan, con la cabeza gacha para que nadie la vea hacer esa resta. Adentro del edificio el encargado apaga una luz del palier para que la boleta venga un poco menos asesina y anota en un cuaderno los departamentos que deben expensas; son demasiados y ya no se anima a golpear porque conoce los nombres, las caras, los hijos. En el segundo B la expensa llegó a trescientos mil y pico —$303.108 en octubre y promedios de $316.000-$316.390 en mediciones recientes— y la jubilación no la cubre: los salarios reales cayeron alrededor de 18 % en el primer año de la gestión del javo, con públicos -14 % e informales -20 %, y en CABA el 17 % de las unidades arrastra deuda de expensas, con mora que escala a 19-20 % y picos de 31 % en la ciudad. El 38 % de ese gasto son sueldos de encargados que ajustan por paritarias, y el resto son servicios que subieron fuerte; por eso la expensa trepó 150,6 % interanual a comienzos de 2025 y, aunque después desaceleró, siguió por encima de la inflación (31,5 % anual en 2025).
La hija del tercero vuelve con las manos rajadas por la lavandina y con cien mil pesos que se evaporan entre la SUBE, el alquiler y el almacén que ya no fía; la tarjeta quedó para el súper porque el 58 % de la deuda de tarjetas se destina a alimentos y el 91,2 % de los hogares arrastra deuda de apenas 30 días, señal de que se usa para llegar a fin de mes. El resumen avisa el mínimo y el interés del nueve por ciento mensual la persigue: la mora en tarjetas pasó de ~1,9 % a ~3,8 % en un año y trepó a 4,9 % en junio-2025, mientras en personales llegó a 5,2-6,5 %, máximos desde 2009; el stock de deuda con tarjetas saltó de $9,6 a $20,3 billones entre julio-2024 y julio-2025 (+55 % real) y ya hay 11,5 millones de deudores, con CABA liderando en deuda por habitante ($1.257.000). Cada pago mínimo es una piedra más en la mochila: con TNA de 75-85 % para el pago mínimo y punitorios que pueden superar el 100 %, el saldo crece más rápido de lo que se paga.
El pibe del tercero hacía changas de albañil y se quedó sin obra desde que el Estado cerró la canilla —la obra pública se recortó 77,6 % real— y ahora reparte en bici doce horas para una app que no le paga ni la cubierta; en dos años se perdieron unos 138 mil empleos privados registrados y 60 mil públicos, y la desocupación se proyecta en 6,7-6,8 % para fines de 2026, sin gran creación de empleo. En la parada del 160, sobre Santa Fe, una madre le dice al nene que hoy no hay galletitas, que “comemos arroz con huevo y mañana vemos”; el nene asiente como si ya entendiera que “mañana” es otra manera de decir “ojalá”. El diariero de la cuadra comenta que los pibes dejaron de comprar figuritas y que la gente pasa y mira, pero no compra, mientras los sectores que sí respiran son otros: el agro (+17,1 %) y minería/cantera (+16,1 %) empujaron la actividad entre 2024-25, y la banca se benefició de la desregulación de tasas y la valorización de activos.
En el cajero de la esquina la fila es larga y silenciosa; todos saben que cuando la pantalla muestre el saldo van a sentir la misma vergüenza sorda que te hace caminar más rápido para que nadie te pregunte. A la noche, en el cuarto, un hombre revisa avisos que piden monotributo, experiencia y disponibilidad full time por un sueldo que no cubre ni media expensa; igual manda el currículum porque no hay otra. Afuera el viento que anuncia el Otoño arrastra bolsas vacías por la avenida y el semáforo titila cansado. Los precios siguen subiendo —el REM espera 2,5 % en marzo y 2,2 % en abril, con 2026 en 26,1 % anual—, el dólar mayorista se mueve despacio hacia $1.429 en marzo y el ajuste fiscal sigue recayendo fuerte sobre jubilaciones y obra pública. Nadie festeja nada. Palermo anda porque tiene que andar, pero adentro de cada casa hay una cuenta que no cierra, un número que arde en la cabeza y no deja dormir: el precio de seguir viviendo un día más.
Carlos Alberto Leiva