En la base del Puente Pueyrredón, entre el humo de los neumáticos y el cordón de infantería, la discusión no es macroeconómica. Es biológica. Lo que hoy, 7 de abril de 2026, moviliza a miles de personas no es solo la pérdida de un beneficio, sino el colapso de la última red de seguridad: la olla comunitaria.
La anécdota del comedor: El trabajo invisible
Durante la pandemia, el país se detuvo, pero las hornallas de los barrios populares se encendieron más que nunca. Mujeres que cobraban el entonces Potenciar Trabajo no “recibían un subsidio por nada”; cocinaban para 300, 500 o 1.000 vecinos por día. Ese sistema, aunque imperfecto y muchas veces intermediado por punteros, era la tercerización del hambre que el Estado le delegó a las organizaciones sociales porque no tenía capilaridad para llegar al territorio.
Hoy, con la eliminación del programa “Volver al Trabajo” y el recorte de envíos de alimentos secos (arroz, fideos, polenta) a los comedores, esa red se ha desintegrado. El resultado es crudo: el comedor que antes servía guiso de carne dos veces por semana, pasó a servir solo mate cocido con pan, y hoy, en muchos casos, directamente ha cerrado sus puertas.
El plan eliminado y el “tendal” de proteínas
La política del Gobierno de Javier Milei se basa en una premisa técnica: eliminar la intermediación para evitar el robo. Pero en la transición hacia ese “mundo ideal” de asistencia directa por tarjeta, se ha generado un vacío operativo.
El dato: La proteína (carne y leche) ha desaparecido de la mesa de los barrios. Como advierte Elisa Carrió, un país que exporta alimento para 400 millones de personas está permitiendo que sus propios niños sufran un “darwinismo nutricional”.
La realidad: Sin el “plan” que hoy reclama el Polo Obrero que financiaba a la cocinera y sin el camión de comida que llegaba al depósito, la asistencia se ha vuelto individual y atomizada. El problema es que $78.000 (el valor del plan caído) no compra la misma cantidad de proteína en el supermercado que la que se lograba mediante la economía de escala de un comedor comunitario.
La deshumanización de la gestión
La política argentina atraviesa su momento más árido. Por un lado, una Nación que mira planillas de Excel y celebra el equilibrio fiscal; por otro, intendencias y gobernaciones que, ante el recorte, prefieren denunciar el abandono antes que reorganizar sus presupuestos para municipalizar los comedores.
La propuesta de establecer comedores profesionales con planta permanente y control de los Concejos Deliberantes —al estilo del Estado de Bienestar anglosajón o nórdico— sigue siendo un tabú. Se prefiere la pelea por el “plan” antes que la construcción de una infraestructura estatal de alimentación que garantice las cuatro comidas con estándares de calidad.
Conclusión: El hambre no espera al equilibrio
El “tendal de pobres” del que hablo es hoy una realidad de carne y hueso. Mientras la política discute si el modelo debe ser liberal o peronista, la Argentina está produciendo una generación con déficit de desarrollo cognitivo por falta de proteínas.
Si el Estado (Nación, Provincia y Municipio) no logra sentarse a una mesa para profesionalizar y auditar la comida de los más desposeídos, la democracia argentina habrá fallado en su promesa básica: alimentar a su propio pueblo. El hambre, a diferencia de la inflación, no se puede “esperar”. El hambre destruye en tiempo real.
Carlos Alberto Leiva