Julio Bárbaro publicó el 29 de marzo de 2026 una columna que se lee menos como análisis coyuntural que como lamento moral: contrapone “el sectarismo de quienes ayer reivindicaban los DDHH por encima de los derechos sociales” con el de “los que hoy creen que la destrucción del Estado permitirá el florecimiento de una nueva sociedad”, y pide que “se imponga la necesidad de la política con mayúsculas”. Ese es el núcleo del texto y también su límite: habla desde un peronismo clásico —cita a Perón, invoca la idea de patria e intereses colectivos, entiende la conducción como el arte de “poner voluntades en paralelo”— y desde ahí mide todo lo demás. Por eso le irritan por igual el progresismo que, a su juicio, absolutizó los derechos humanos sin anclarlos en derechos sociales, y el libertarismo que quiere borrar el Estado; por eso declara la “clausura definitiva del kirchnerismo y su voluntad de burocracia eterna” y, a la vez, describe al gobierno de Milei como continuidad del desguace iniciado por Martínez de Hoz y profundizado por Menem.
El problema es que esa brújula moral no se traduce en programa. Bárbaro enumera ausencias —“nunca tuvimos gobernadores ni políticos de tan bajo nivel de pensamiento y de tan grosera falta de formación”, falta de “vocaciones de estadistas”— y convierte la plaza del 24 de marzo, con su mezcla de dolor y alegría, en una señal casi épica de cierre de los dolores del presente. Ahí el texto romantiza la carencia: embellece la falta de conducción con la memoria de lo que alguna vez fue, en vez de explicar cómo se reconstruye capacidad estatal, cómo se financia y con qué coalición social.
Ese vacío es más visible cuando se lo contrasta con la restricción material que el artículo elude. Mientras Bárbaro habla de patria y de proyecto, la Argentina arrastra reservas netas en rojo: cálculos privados citados por la prensa ubican el saldo negativo en torno a -16.000 millones de dólares, con estimaciones metodológicas del FMI que a fines de 2024 ya marcaban -14.100 millones. No es un detalle técnico menor; es la condición de posibilidad de cualquier “política con mayúsculas”. Al no nombrarla, la columna confirma su propio diagnóstico por omisión: no ve hoy un proyecto político a la altura de la crisis, solo gestiones, sectarismos y oportunismos.
En definitiva, la mirada de Bárbaro es la de un peronista que reclama el centro que su tradición ocupó durante décadas y que hoy percibe vacante. Hablar de peronismo en 2026 no es anacrónico como fenómeno sociológico —sigue ordenando identidades, sindicatos y territorios—, pero sí se vuelve anacrónico cuando se lo invoca como respuesta automática sin traducir “patria”, “industria” y “Estado presente” en un plan que asuma la pobreza estructural y la escasez de dólares. Bárbaro no encuentra ese plan ni en el oficialismo ni en la oposición, y por eso su texto termina siendo, más que una hoja de ruta, la constatación de que, a sus ojos, hoy nadie está haciendo política.
Carlos Alberto Leiva