Un estudio de Shila Vilker marca el pulso del momento: más del 30% de los encuestados a nivel nacional coincide en que hoy no hay un candidato a presidente para 2027 al que podrían llegar a votar. De todos los nombres conocidos —los que ocuparon cargos, los que suenan siempre—, ninguno termina de convocar: ni Macri, ni Cristina Kirchner, ni Kicillof, ni Massa, ni Máximo Kirchner, ni Pichetto, Pullaro, Torres, Jorge Macri o Leandro Santoro. El dato es frío y contundente: hay un sector del electorado que quedó huérfano.
Ese vacío empieza a tomar forma este fin de semana con un movimiento que tiene lógica política y de calle: Juan Grabois y Myriam Bregman armarían una alianza con fines electorales. Tiene sentido: los dos son de izquierda, se conocen de la militancia territorial, de las tomas de tierras, de las fábricas que se paran y de las marchas que se sostienen. No es un acuerdo de escritorio; es un entendimiento forjado en la calle.
El tablero que se mueve
- Preocupa a Kicillof: la emergencia de un polo a su izquierda le disputa base y narrativa en el conurbano y entre los jóvenes politizados.
- Gusta a Cristina Kirchner: la reaparición de una opción de izquierda dura reordena el mapa interno y le devuelve centralidad en la discusión del rumbo.
- Asusta y aleja a Sergio Massa: el corrimiento del eje hacia los extremos le estrecha el margen para su armado de centro peronista.
Los números que circulan —todavía provisorios, pero consistentes con el clima— ubican a la dupla Grabois–Bregman entre 10% y 15%. Sin necesidad de esperar a 2027, ese caudal ya reordena las expectativas: la eventual candidatura de Axel Kicillof quedaría contenida en torno al 10%, condicionada por una competencia directa en su flanco izquierdo.
Massa, entre la PASO y la espera
Frente a este escenario, Sergio Massa evaluaría dos caminos: insistir con un armado de centro peronista e ir a una PASO para validar volumen propio, o esperar a la eventual aparición del sobrino de Patricia Bullrich, una carta que hoy no está confirmada. Mientras tanto, el centro queda atrapado entre un electorado huérfano que no encuentra referencia y una izquierda que vuelve a mostrar capacidad de articulación.
El aviso de Vilker
Shila Vilker advierte a la corporación política: hay peligro de estallido social. Cuando más de un tercio del país no ve un candidato viable y el malestar no encuentra canal institucional, la política empieza a jugar al filo. El dato del 30% no es solo electoral; es un síntoma. Y la alianza Grabois–Bregman, más allá de su techo, funciona como espejo de ese síntoma: hay demanda de representación por fuera del repertorio de nombres conocidos.
Carlos Alberto Leiva