El centro está vacío y la calesita gira sin dueño

Hay un país que votó con bronca, se arrepintió en tiempo récord y ahora mira la pista vacía como quien espera que alguien se anime a subir. No hay muchos candidatos que logren capturar el voto de los desencantados, dijiste. Y es cierto: la bronca existe, pero el caudal está huérfano. El “voto bronca” que en 2023 llevó a Javier Milei al récord histórico de 14,5 millones de votos (≈55,7 %) se desangró: en 2025 quedó en 9,3 millones, una pérdida de más de cinco millones en dos años. El mapa del derrumbe es quirúrgico —PBA se llevó la peor parte con casi 1,2 millones menos, CABA 267 mil, Córdoba y Santa Fe casi la mitad— y la conclusión de los propios analistas es brutal: “las alternativas al oficialismo libertario tienen en esos millones… una oportunidad… Eso es lo que hoy por hoy no aparece en el horizonte con claridad”.

El vacío no es solo electoral, es cultural. En redes, la confesión se repite en loop: “VOTÓ A MILEI Y HOY SE ARREPIENTE”, testimonio crudo de una textil que pasó de fabricar mamelucos para petroleras a cerrar persianas después de confiar en el león. El mismo hartazgo se escucha en la calle: “¿A quién va a votar? La verdad que en este país a nadie”; “Nadie es la solución”. Y un diagnóstico que incomoda a todos: “es mucho más grave el ausentismo que el voto bronca, porque el voto bronca cuestionaba a los candidatos, pero el ausentismo cuestiona al sistema”.

Mientras tanto, el tablero opositor ensaya costuras. “El armado anti Milei extiende sus fronteras y prepara más encuentros para sumar peso político”, titularon crónicas recientes: la búsqueda de un polo que capitalice el desencanto ya está en marcha, aunque todavía sea más voluntad que músculo.

Aparece el enigmático sobrino

En ese páramo se mueve el sobrino de Patricia, ese que no necesita gritar para hacerse oír. Prefiere caminar por Barrancas de Belgrano antes que pasear en una Ferrari amarilla: elige el murmullo del pasto y el eco de los perros a la ostentación. Su tesis es quirúrgica y sin épica: desde el centro se puede crecer. No porque el centro sea tibio, sino porque el país se volvió frío: ni libertarios extáticos ni kirchnerismo de museo, sino una avenida ancha donde quepa la bronca sin que la mastique la grieta.

Y el sobrino redobla: le habla al establishment y al electorado al mismo tiempo, como quien tira una soga sin sonrojarse. La soga tiene nombre: Dante Gebel.

Gebel, entre el púlpito y la pista

El pastor, conductor y empresario Dante Gebel ya no es un rumor: lanzó su espacio “Consolidación Argentina” con un acto en Lanús —microestadio, operativo policial, foto de campaña y presencias políticas (de Graciela Camaño a dirigentes sindicales como Juan Pablo Brey)— mientras La Nación Más titulaba, sin anestesia: “Dante Gebel: de pastor a candidato a presidente”. Telefe Noticias y Diario La Capital empujaron la misma narrativa: presentación en Lanús, simbología nacional, promesa de “espacio” para 2027. En una entrevista con Infobae difundida por Luciana Rubinska, el propio Gebel matizó: no se autopercibe como “candidato-superhéroe”, sino como impulsor de Consolidación Argentina para “recuperar valores” y acompañar a candidatos afines.

La sociedad, mientras, lo mira con el cuchillo entre los dientes. En los comentarios del anuncio en Telefe se mezclan la esperanza berreta y el desprecio de clase: lo acusan de “vivir en EE. UU.”, de “financiarse con el diezmo”, de querer “robar” o de “parecerse a Milei”; otros le piden que “se ponga las pilas”. Es el barro digital en estado puro: fascinación y asco en la misma cuadra. El propio entorno de Gebel alimenta la épica con comparaciones de convocatoria: hablan de 3.000 personas y de un marco “similar a un acto de Macri”, para instalar que hay músculo.

La fórmula que el sobrino susurra

El sobrino no lo dice en un atril, lo deja caer en un café de Belgrano: si Gebel se anima a unir a la UCR, a la Coalición Cívica y a seducir al Frente Renovador en lugar de recostarse en el PRO, tiene pista para meterse en segunda vuelta. El diagnóstico es aritmético: el voto anti-Milei ya existe, solo que está desparramado entre arrepentidos, abstención y bronca sin canal. El que logre ordenarlo, gana. Y si Gebel se asusta —si “al primer intento choca la calesita”— el que pica en punta es el sobrino, con su paso cansino por Barrancas y su desprecio por la Ferrari amarilla. Porque acá se trata de sumar votos y ser el candidato del momento, no de posar para la tapa.

De qué está hecho Dante

Esa es la pregunta que flota en cada chat y en cada sobremesa: ¿de qué está hecho Dante? Tiene llegada a medios y a actores políticos, tiene un relato de valores, tiene un escenario en Lanús y un eco en Mar del Plata con avionetas que escriben su nombre en el cielo. Pero también carga con el prejuicio de ser “pastor rico”, con la sospecha de oportunismo y con el reflejo de una sociedad que devora a sus ídolos en dos stories.

El país no pide un mesías; pide un traductor. Alguien que convierta la bronca en contrato social sin vender humo. El centro, ese espacio que el sobrino de Patricia habita con la naturalidad de quien prefiere la sombra de Barrancas a la foto en un deportivo, dejó de ser una mala palabra. Hoy es una oportunidad quirúrgica: articular a los que se arrepintieron, a los que no votan a nadie y a los que todavía creen que se puede.

Si Gebel tiene cuero, si aguanta el primer golpe sin prenderse fuego, el armado anti-Milei deja de ser un titular y se vuelve una amenaza real. Si no, el sobrino seguirá caminando por Belgrano, mirando la calesita girar, sabiendo que en la Argentina los ciclos duran lo que tarda la bronca en encontrar apellido.

Carlos Alberto Leiva

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