La paradoja libertaria: predicar el Estado mínimo desde una banca del Estado

Lilia Lemoine se hizo conocida como la cosplayer que, cámara en mano, acompañaba a Javier Milei y repetía que había entrado a la política “a dar batalla cultural CANSADA de la censura y el maltrato” contra el “marxismo cultural”. Hoy es diputada nacional de La Libertad Avanza. Cobra un sueldo del Estado, tiene asesores pagados por el Estado y usa la infraestructura del Congreso —también financiada por el Estado— para amplificar un discurso que propone reducir ese mismo Estado al mínimo.

No es un caso aislado dentro de su espacio. Milei definió al Estado como una “organización criminal”, pero compite, gobierna y designa funcionarios con sus recursos. La contradicción, entonces, no es solo personal: es estructural al relato libertario argentino.

“Destruir al Estado desde adentro”

La justificación interna es táctica: ocupar cargos para desmantelar desde dentro. La banca le da a Lemoine fueros, micrófono en el recinto, acceso a comisiones y una vidriera mediática que multiplica cada provocación. Con esos recursos impulsa proyectos de alto voltaje simbólico —como permitir que los varones “renuncien a la paternidad” como contrapeso a la ley de interrupción voluntaria del embarazo— y sostiene una agenda cultural antifeminista que incluye negar el acoso callejero, defender los piropos y hablar de “privilegios” femeninos frente a los hombres.

El problema aparece cuando el discurso de la “casta” choca con la práctica. La “casta” son, en la retórica libertaria, quienes viven de la política; pero sus propios diputados, funcionarios y asesores también viven del Estado. La diferencia que alegan es de intención: no quieren perpetuarse, sino usar transitoriamente la estructura estatal para achicarla.

Quién padece el ajuste

Mientras se promueven recortes, cierres de organismos y revisión de políticas de género y diversidad, quienes ocupan bancas no padecen el ajuste que impulsan: su ingreso está garantizado por el presupuesto público. Esa asimetría alimenta la crítica opositora de incoherencia: la “batalla cultural” contra el feminismo y la izquierda se financia, en la práctica, con los mismos fondos que se quieren eliminar.

El relato y su límite

El relato libertario queda así atrapado en una tensión: necesita del Estado para existir políticamente, pero se legitima denunciándolo. Funciona como estrategia de comunicación —provocación, viralización, repudio y nueva provocación— y como forma de cohesionar a su base en torno a un enemigo (el “marxismo cultural”). Su límite es la propia práctica institucional: si el ideal de Estado mínimo se cumpliera a fondo, desaparecería la plataforma que hoy permite sostener ese discurso.

En síntesis, Lemoine encarna la paradoja de predicar contra el Estado mientras vive de él. No es solo una ironía personal; es la condición de posibilidad de una fuerza que hizo de la contradicción una táctica: usar el Estado para intentar desmontarlo, y convertir esa tensión en capital político.

Carlos Alberto Leiva

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