Hay noticias que no se miden en puntos del PBI sino en la hora en que una familia deja de poner el yogur en la heladera. El cierre de ARSA —la firma que fabricaba bajo licencia los yogures, postres y flanes de SanCor— y de La Suipachense no es solo un expediente del Juzgado Comercial Nº 29. Es el último portazo de una historia que empezó en 2016, cuando Vicentin compró la división de refrigerados de SanCor, pasó hace dos años y medio a manos del grupo venezolano Maralac y terminó con la quiebra dictada por el juez Federico Güerri después de un concurso preventivo que no encontró salvadores.
El número frío: 520 puestos de trabajo menos —unos 180 en Arenaza (Lincoln), 200 en Monte Cristo (Córdoba), 140 de La Suipachense— y una red logística de 165 distribuidores que abastecía 70 000 comercios, ahora desarmada. El número caliente: nombres que formaron parte de la memoria cotidiana —Shimy, Sancorito, Sublime, Flanes Caseros SanCor— que desaparecen de la heladera porque la línea que los hacía ya no existe.
No es un caso aislado. En el mismo mapa aparecen Lácteos Verónica, Sudamericana de Lácteos y otras plantas con respirador artificial. Entre noviembre de 2023 y diciembre de 2025 cerraron 22 608 empresas en el país; los concursos preventivos saltaron de 42 (2023) a 131 (2024) y 158 (2025). La macro da señales de orden —el PBI creció 4,4 % en 2025 y la inflación bajó a 31,5 % anual—, pero el consumo masivo apenas recuperó un 2 % tras desplomarse 16 % en 2024 y sigue 22 puntos por debajo de 2017. Las grandes alimenticias lo reflejan en sus balances: Mastellone perdió $40 746 millones en 2024, Molinos reportó $17 279 millones en rojo en el tercer trimestre de 2025, y Arcor vio caer su utilidad de $406 413 a $115 188 millones entre 2024 y 2025.
Lo que de verdad se pierde
No es sólo un yogur. Es el desayuno de un chico antes de la escuela, el postre que una abuela compra porque “es el que le gusta a la nena”, el sueldo que vuelve al almacén del barrio y paga la cuota del club. Cuando una planta como la de Arenaza o Monte Cristo apaga las cámaras de frío, el pueblo entero siente el frío. Las familias no sólo dejan de cobrar: dejan de planear. Y la indemnización, atada a lo que se recaude en una subasta, es una promesa escrita con lápiz.
Advertencia serena, pero firme
- El orden macro no reemplaza al mercado interno. Bajar la inflación y crecer al 4,4 % es condición necesaria, no suficiente. Sin recomposición del poder adquisitivo y sin crédito accesible, la góndola no vuelve a llenarse.
- La industria alimenticia necesita previsibilidad real, no sólo estabilidad de índices: costos energéticos, precio de la leche cruda, presión impositiva (~30 % del precio final) y tasas que rondan el 45-65 % anual siguen asfixiando balances.
- La apertura sin red deja cicatrices. La competencia importada pasó de ser marginal a explicar el 19,4 % de los problemas reportados por empresas en enero de 2026. Competir está bien; hacerlo mientras el tejido productivo local está débil es invitar al cierre.
- Las comunidades no son un daño colateral. Cada planta que cae multiplica el efecto en proveedores, transporte y comercio local. No hay derrame que compense rápido ese vacío.
Este no es un lamento nostálgico ni un panfleto. Es una constatación: llevamos demasiados años acumulando crisis sobre crisis. ARSA nació en 2016 y en diez años no logró consolidarse; el problema excede a un gobierno y atraviesa gestiones. Hoy la estabilización es un paso, pero si el consumo no se recupera y la producción de alimentos sigue operando con márgenes comprimidos, seguiremos leyendo estos obituarios industriales.
La advertencia es sencilla y urgente: sin una estrategia que ponga en el centro al mercado interno, al crédito productivo y a las economías regionales, el silencio de las góndolas se va a volver costumbre. Y acostumbrarnos sería la peor derrota.
Carlos Alberto Leiva