El gobernador bonaerense, Axel Kicillof, avanza con un armado federal medido —Centro de Estudios Derecho al Futuro (CEDAF), recorridas fuera de Buenos Aires y contactos con mandatarios provinciales— para proyectarse hacia 2027. Sin embargo, ese “ensayo” carga con varias vulnerabilidades que condicionan su viabilidad.
1. La interna peronista sigue abierta
La relación con Cristina Fernández de Kirchner y el kirchnerismo duro es un foco de tensión permanente. En el entorno de CFK “cuentan cuántas veces pide por ‘Cristina libre’” y contrastan la única visita de Kicillof a San José 1111 con la presencia de otros dirigentes; el gobernador responde con un seco “¿Ir para qué?” y condiciona un nuevo encuentro a que sirva para “avanzar en una construcción contra Milei y no para volver a discutir lo ya saldado”. Aunque en La Plata consideran “superada” la disputa tras imponerse en 10 de los 16 distritos bonaerenses en la interna, reconocen que la convivencia con La Cámpora y Máximo Kirchner “sigue siendo un factor a administrar”. La pulseada por el desdoblamiento electoral bonaerense —cuestionado por CFK— dejó marcas que todavía pesan.
2. Ampliar sin romper: el dilema federal
La regla que repite Kicillof es clara: “los desembarcos deben servir para ampliar y no para achicar el espacio”. Por eso cuida a gobernadores que sostienen un polo opositor (Gildo Insfrán, Ricardo Quintela, Gerardo Zamora) y evita alterar las disputas locales de Sergio Ziliotto (La Pampa) y Gustavo Melella (Tierra del Fuego). El problema es que esa prudencia limita la velocidad del armado: cada movimiento debe calibrarse para no generar tironeos entre referentes provinciales.
Además, el límite ideológico es estrecho. Kicillof descarta acuerdos con Mauricio Macri (“ni a la esquina”) y con la vicepresidenta Victoria Villarruel (“con negacionistas tampoco ni a la esquina”). La ampliación, entonces, se circunscribe a sectores del radicalismo, la izquierda y restos de la Coalición Cívica: un universo acotado que puede no alcanzar para sumar volumen nacional.
3. El desgaste de una campaña larga desde la gestión
“Nadie se banca un año y medio como candidato a presidente, y mucho menos siendo gobernador de Buenos Aires en un contexto de crisis”, repite Kicillof. Gestionar la provincia más grande mientras sostiene una proyección nacional lo expone a dos riesgos: quedar atrapado en una campaña anticipada y, sobre todo, enfrentar crisis locales derivadas del ajuste del gobierno de Javier Milei. El equilibrio entre gestión y candidatura es frágil y puede erosionar su capital político.
A eso se suma su desconfianza en las encuestas (“dos semanas antes de ganarle a Vidal estábamos 8 puntos abajo y terminamos 20 arriba”). Sin un termómetro fiable, el armado avanza a ciegas respecto del humor social.
4. Evitar el “efecto Alberto Fernández”
Kicillof insiste en que no quiere “ganar primero y ver después qué hacemos”; por eso lanzó el CEDAF como base programática propia. La debilidad está en traducir esa usina técnica en una coalición legislativa y en una narrativa clara que le permita, por ejemplo, frenar la reforma laboral libertaria, negociar con el FMI o definir la designación del procurador. Si esa estructura no se consolida, corre el riesgo de repetir la falta de proyecto que marcó al gobierno de Alberto Fernández.
5. Polarización y rechazo en la opinión pública
La instalación del lema “Kicillof 2027” genera fuerte rechazo en redes y medios. Los comentarios oscilan entre acusaciones de “gastar plata al pedo” y comparaciones despectivas (“¿Qué tiene en la cabeza? ¿Aire?”) mientras se reivindica a Milei. La polarización reduce su margen para instalar la discusión sobre el “para qué” de un eventual gobierno más allá del núcleo militante.
En síntesis, los flancos más expuestos del ensayo presidencial de Kicillof son la interna no resuelta con el kirchnerismo, el delicado equilibrio federal (ampliar sin provocar nuevas disputas), el desgaste de sostener una candidatura larga desde la gobernación, la necesidad de evitar el vacío programático que caracterizó al último gobierno peronista y la resistencia que su figura despierta en un clima de alta polarización.
Carlos Alberto Leiva