La derecha patriota nacionalista argentina se define menos por un programa económico cerrado que por una idea de comunidad: la nación entendida como destino compartido, jerárquico y moral, anclado en la tradición hispano-católica y en la reivindicación de la soberanía territorial y productiva. Su núcleo ideológico combina antiliberalismo y antiizquierdismo: desconfía del mercado sin control porque disuelve vínculos y del marxismo porque los fragmenta en clave de clase; en su lugar propone un orden corporativo donde familia, gremio, iglesia y fuerzas armadas funcionan como cuerpos intermedios que sostienen la patria.
Históricamente aparece con fuerza a fines de los años veinte. Publicaciones como La Nueva República (1927) articulan una crítica al liberalismo parlamentario y a la “decadencia” de las costumbres, y en la década siguiente surgen formaciones como la Legión Cívica Argentina y la Alianza de la Juventud Nacionalista, que combinan estética marcial, culto al héroe y movilización callejera. Tras la Segunda Guerra, el Movimiento Nacionalista Tacuara lleva ese repertorio a la acción directa y al choque con la izquierda universitaria, con una mística de sacrificio y un lenguaje de cruzada. La Liga Patriótica Argentina, anterior, ya había marcado un antecedente: defensa del orden, movilización frente a la huelga y un nacionalismo cultural, aunque sin vocación golpista explícita, a diferencia de grupos posteriores.
Tres rasgos se repiten: tradicionalismo (apego a un pasado idealizado, hispanidad, catolicismo), tendencia populista (apelar al pueblo contra las élites liberales o marxistas) y movilización callejera como forma legítima de presión, a veces con violencia. El antisemitismo y la identificación con la Iglesia fueron componentes frecuentes, pero no universales; la variedad interna permitió convivencias con el peronismo y también rupturas frontales.
En la segunda mitad del siglo XX, el nacionalismo de derecha oscila entre la autonomía y la confluencia con el peronismo. Hay quienes leen en Perón una versión “de inclusión” del nacionalismo, frente a un nacionalismo “de exclusión” más europeo, y quienes lo ven como adversario por su base sindical y su retórica de masas. La consigna “ni yanquis ni marxistas” condensa una tercera posición que busca soberanía sin alineamiento. En documentos y redes contemporáneas reaparece la crítica al “globalismo” entendido como subordinación a potencias y organismos internacionales, y la defensa de una “comunidad organizada” donde la justicia social se declina en clave nacional.
Hoy el perfil patriota-nacionalista se reconoce en varios planos. En lo simbólico: uso intensivo de la bandera, el himno y las fechas patrias, con actos en plazas y filmaciones aéreas de la Plaza de Mayo que convierten la iconografía en mensaje político. En lo económico: reclamo de reindustrialización, reconstrucción de la marina mercante y los astilleros como proyecto de soberanía productiva. En lo cultural: énfasis en la familia, la escuela con contenidos patrióticos y la defensa de una moral católica o tradicional frente a agendas percibidas como “foráneas”. En lo político: rechazo tanto del progresismo como del liberalismo cosmopolita, y apelación a una autoridad fuerte que garantice orden y cohesión.
No es un bloque homogéneo. Conviven expresiones que reivindican a San Martín y Rosas junto a otras que incorporan a Perón; hay vertientes más religiosas y otras más laicas; algunas priorizan la batalla cultural en redes, otras la organización territorial. Pero el denominador común persiste: hablar en nombre de la Patria como comunidad moral, proponer la soberanía —territorial, económica y simbólica— como principio ordenador, y entender la política como defensa de una identidad nacional que debe ser preservada y movilizada.
Carlos Alberto Leiva