Por qué no compro la “batalla cultural”

Agustín Laje se volvió una referencia de la nueva derecha que pelea contra la “cultura woke”. ¿Su tesis? El wokismo no es una moda: es la forma actual de una “nueva izquierda” o “marxismo cultural” que usa causas identitarias (género, diversidad, aborto, lenguaje inclusivo, memoria) para disputar poder. En sus propias palabras (reel del 17 de marzo de 2026), su libro La batalla cultural es la respuesta a una etapa en la que “el socialismo del siglo XXI y el wokismo dominaban el continente”. En un foro económico (febrero de 2026) agregó que “los socialistas están perdiendo la batalla cultural” y que, al ceder terreno en redes, buscan censurar la libertad de expresión.

¿Woke no era “despertar”?

Sí. “Woke” viene del inglés to wake y en su origen afroamericano significaba estar alerta frente al racismo y, por extensión, a otras formas de discriminación. Laje conoce ese origen, pero usa “woke” en clave peyorativa: no como “estar despierto”, sino como etiqueta para un paquete ideológico que, según él, impone dogmas (ESI con perspectiva de género, cuotas, lenguaje inclusivo) y expande el Estado. Por eso lo asocia a “marxismo cultural” y propone enfrentarlo.

Cambios sociales y reacción

Los cambios sociales siempre se expresan, tarde o temprano, en la cultura, el lenguaje y las instituciones. Laje no los lee como una evolución más o menos espontánea, sino como una ofensiva organizada de la izquierda. De ahí su respuesta igualmente cultural y confrontativa: “ganar la batalla” para revertir esas expresiones.

Al escucharlo, muchas veces queda la sensación de un discurso construido desde la queja: señalar excesos del progresismo y afirmarse por oposición. Es el registro del polemista, no del gestor.

El filo iliberal

Aunque no lo diga abiertamente, en ese planteo asoma un tono iliberal: primero se construye un bloque de adeptos alrededor de un enemigo común (el wokismo) y después se pide que el Estado —cuando esté en manos afines— corrija o elimine esas expresiones culturales e institucionales. Eso excede el debate de ideas: busca disciplinar desde arriba a quienes sostienen esos reclamos.

Mi posición: liberal-republicana

No soy de izquierda, pero creo que las personas tienen derecho a pensar y vivir como sientan, siempre que no rompan el pacto de convivencia fijado por las instituciones republicanas y la Constitución. Ese es el núcleo del liberalismo clásico y del marco constitucional argentino: libertad personal para elegir tu plan de vida (creencias, identidad, relaciones, expresión) mientras no dañes a terceros; y un Estado limitado pero eficaz, que garantice derechos, seguridad jurídica e igualdad ante la ley, sin imponer una moral particular.

Desde ahí, se puede criticar una política concreta (un enfoque de la ESI, cupos, lenguaje inclusivo obligatorio en el Estado) sin negar que la gente tenga derecho a vivir su identidad y a reclamar. También se defiende el debate abierto, sin cancelaciones ni censuras, vengan de donde vengan, y se pide neutralidad estatal en temas de conciencia junto con protección de minorías frente a abusos.

¿Dónde me ubican?

Con este enfoque, la mayoría me leería en el centro o centro-derecha liberal: pro-mercado y límite al poder del Estado en lo económico, pluralista en lo cultural (viví y dejá vivir), institucionalista en lo político. No compro la “batalla cultural” porque me parece el reclamo de una minoría radicalizada, con lógica de secta: exige lealtad a un marco abstracto y a pelear contra un enemigo difuso (“el wokismo”). Es demasiado abstracto; pensar en personas que no conozco excede mi escala.

No se trata de negar que la cultura importa. Se trata de no convertir la cultura en una cruzada. La república ya nos dio la regla de juego: libertad bajo la ley. Con eso alcanza para convivir sin disciplinamientos.

Carlos Alberto Leiva

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