La ruptura que ya se grita: el peronismo se parte y el cristinismo queda en el centro de la tormenta

Se respira nerviosismo en los operadores del kirchnerismo y en buena parte de la audiencia del campo nacional y popular. A viva voz empieza a decirse lo que hasta hace poco se susurraba: llegó el tiempo de la ruptura con el kirchnerismo, y sobre todo con el cristinismo de Cristina Kirchner. En paralelo, crece el pedido de una “convergencia” del peronismo que reordene el espacio sin la tutela de CFK.

El clima no es solo de enojo: es de fragmentación. Como suele pasar cuando hay más caciques que indios, las tribus tienden a separarse. La interna ya no se disimula: se exhibe en memes y en portales que hablan de “Peronismo fracturado” y de “NO K” como consigna de un sector que busca diferenciarse del kirchnerismo duro. La propia discusión pública gira en torno a si el peronismo se “radicaliza” hacia la izquierda o si, por el contrario, se vacía de identidad y queda a la deriva.

Señales de quiebre en el Congreso y en las provincias

La fractura dejó de ser retórica y se materializó en el Senado: cuatro senadores federales —Fernando Aldo Salino (San Luis), Carolina Moisés (Jujuy), Guillermo Andrada (Catamarca) y Fernando Rejal (La Rioja)— rompieron con Unión por la Patria y conformaron el bloque Convicción Federal, en un movimiento leído como un gesto de desobediencia a la conducción de Cristina Kirchner. En la misma línea, LA NACION informó que tres gobernadores —Carolina Moisés (Jujuy), Guillermo Andrada (Catamarca) y Sandra Mendoza (Tucumán)— se distancian de CFK, parten el bloque peronista en el Senado y habilitan negociaciones directas con la Casa Rosada. Otra publicación de Formosa24 precisa que ese espacio se referencia en el gobernador-sendor Gustavo Sáenz, con respaldo de Raúl Jalil (Catamarca) y Osvaldo Jaldo (Tucumán), y que, si el desprendimiento se consolida, el interbloque peronista podría quedar reducido a 23 senadores.

El trasfondo es el mismo: una conducción que ya no ordena y una base territorial que busca oxígeno propio. En Buenos Aires, Axel Kicillof se reúne con intendentes para discutir una posible ruptura con el kirchnerismo, mientras el massismo toma distancia. Y en el llano del debate público, se repite la idea de que “la centralidad de CFK está agotada” y que el peronismo necesita soltar el pasado para no quedar “reducido a la sombra de su peor versión”.

La izquierda del peronismo: el espacio donde crece Grabois

Esa defragmentación abre una puerta por izquierda. Juan Grabois aparece como el emergente que recoge el malestar de los sectores populares que el peronismo ya no contiene. Crónicas recientes lo describen como quien “le recuerda al peronismo un camino del cual se desvió” y le pide recuperar la brújula de los excluidos. Aunque su candidatura generó tensiones —“en lugar de sumar y cohesionar, profundizó la división interna”—, su caudal simbólico expresa esa deriva: un polo más corrido a la izquierda que disputa representación donde el PJ tradicional ya no llega.

El gran beneficiado: Milei y el “centro huérfano”

La fractura peronista/kirchnerista tiene un ganador inmediato: Javier Milei. No solo porque capitaliza el rechazo al kirchnerismo —“muchos peronistas van a volver a votar a Milei”, advirtió Carlos Ruckauf— sino porque el desorden opositor le despeja el terreno. En paralelo, se consolida la hipótesis del outsider del “centro huérfano” con un piso de alrededor del 35%: la suma de desencanto, voto bronca y rechazo al pasado reciente le da base propia a una alternativa que no se referencia ni en el cristinismo ni en el aparato pejotista.

La convergencia que se reclama en voz alta choca con la lógica de tribus del peronismo. La ruptura con el cristinismo ya se verbaliza, la fragmentación se institucionaliza en el Congreso y se ensaya en las provincias, y por izquierda Grabois ocupa el vacío que deja el PJ. Mientras tanto, Milei —y cualquier outsider que capture ese centro huérfano— se beneficia de un campo nacional y popular que se parte en pedazos.

Carlos Alberto Leiva

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