Cómo me percibe Javier Milei

Si Javier Milei me leyera, no hay grises: me pondría en la columna de los traidores. No soy un kirchnerista clásico ni un libertario de la primera hora; soy un sagitariano del 20 de diciembre —explorador, irónico, sarcástico, poco emocional, solitario, imán de mujeres que buscan revancha—, y esa mezcla lo irrita más que un panfleto opositor. Para su lógica binaria (amigo/enemigo, libertad/casta, lealtad/traición), soy el crítico incómodo que viene del círculo rojo a capitalizar su desgaste.

¿Por qué me encasilla así? Porque activo varios de sus reflejos.

Primero, cuestiono su economía sin piedad: hablo de la caída del consumo, los salarios licuados, la recesión que le licua el apoyo juvenil y lo que llamo “trauma productivo”. Para Milei eso es “llanto zurdo” o sabotaje al plan de estabilización, aunque mi crítica no venga del progresismo. Mi tono —irónico, seco, sin épica— lo descoloca: no hay lágrimas, hay bisturí.

Segundo, impulso a Villarruel como alternativa. Subrayo su nacionalismo, Malvinas, el diálogo con gobernadores y un anclaje institucional que Milei desprecia. Él ya la trató de “bruta traidora” y acusa a su entorno de conspirar desde 2021; quien la levante, para él, es parte del complot. Que lo haga un sagitariano solitario, sin tropa pero con puntería, le confirma la sospecha: “me quieren robar los votos conservadores”.

Tercero, no soy militante de la motosierra sino ensayista analítico. Columnas largas, categorías estratégicas, lecturas de realineamientos. Para Milei, eso es “vender humo” desde una tarima intelectual. Mi sarcasmo sin emoción le molesta más que un insulto frontal: no entro en su juego de rugidos, lo miro de costado y lo archivo como fenómeno que se agota.

Cuarto, me ubico como emergente 2027. Eso es desafío directo. Milei desprecia a quienes huelen sangre y se preparan para el turno siguiente, sean Bullrich, Macri o cualquiera. A un sagitariano explorador que no busca pertenencia sino terreno nuevo, lo leerá como “casta intelectual” que quiere volver al gradualismo o al peronismo light.

Y hay un detalle que lo saca de quicio: mi perfil personal. Sagitario de frontera, poco emocional, solitario por elección, con fama de atraer mujeres que buscan revancha. Para su narrativa, eso es la caricatura del “playboy analítico” que seduce al resentimiento ajeno y lo convierte en capital político. En su traducción interna: “Otro sorete que no entiende nada de economía, que defiende lo público y que ahora arma con Villarruel para robarme votos, mientras se divierte con las despechadas del sistema”.

En público, si alguna vez me nombrara, me diría “zurdo de clóset”, “periodista militante” o, más probable, me ignoraría. No me ve como aliado posible porque no comulgo con su dogma ni con su épica de salvador. Soy el tipo de analista que marca el agotamiento de su disrupción y abre camino a otros. Para su temperamento, eso equivale a una declaración de guerra personal.

Carlos Alberto Leiva

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