Desde mi punto de vista, lo que está en juego en la Argentina no es simplemente el desempeño de un gobierno que no voté, sino la forma en que se está vaciando la política como herramienta de construcción colectiva. No me preocupa tanto que la gestión de Javier Milei tenga números difíciles, porque cualquiera que mirara la herencia que dejó Alberto Fernández y el kirchnerismo sabía que el punto de partida era el peor de la democracia reciente: un tipo de cambio oficial que en la transición rondaba los 363 pesos y que hoy se mueve en torno a los 1.400, con una banda superior que llega a 1.600, una inflación que bajó al 31,5% en 2025 pero que venía de 117,8% en 2024, y salarios que siguen corriendo detrás de los precios. Lo que sí me alarma es la ausencia de política, entendida como diálogo, articulación federal y capacidad de explicar a la ciudadanía las restricciones reales del país.
Veo una estrategia clara en los hermanos Milei: concentrar las decisiones en un círculo íntimo donde Karina Milei opera como pieza central, empujar la eliminación de las PASO para simplificar el calendario, polarizar contra los “kukas” y apostar a un escenario fragmentado que desemboque en una segunda vuelta donde el anti-kirchnerismo pese más que cualquier otra identidad. Esa jugada puede tener lógica electoral, pero deja un vacío en la gestión cotidiana. Un gobierno republicano y federal tiene la obligación constitucional de articular con las provincias, y cuando todo se cierra en torno al Ejecutivo nacional se pierde la traducción territorial de cualquier plan. Sin esa mediación, la coordinación con gobernadores, la discusión sobre recursos y la implementación de políticas públicas se vuelven lentas o directamente inexistentes.
El riesgo de esa ausencia se nota en la economía. Con un dólar percibido como atrasado, la expectativa de una devaluación reaparece cada tanto, y si se evita el ajuste cambiario el costo suele ser una recesión más profunda. Los dólares que el Banco Central logra comprar terminan destinándose en gran parte al pago de intereses de deuda, y eso condiciona cualquier intento de estabilización. Quienes participamos en política descontamos ese diagnóstico, pero no se lo explica de manera clara y sostenida al resto de nuestros conciudadanos. Cuando la pedagogía pública falta, la incertidumbre se retroalimenta y el estancamiento se vuelve un estado de ánimo colectivo.
El peligro mayor no es que se incumplan promesas de campaña como la dolarización, la eliminación del Banco Central, los vouchers educativos o el congelamiento de tarifas de transporte; el peligro es que la política deje de ser el espacio donde se procesan los conflictos y se construyen acuerdos mínimos. Sin política, la polarización se vuelve un fin en sí mismo y la sociedad queda atrapada entre la desesperanza y la espera de un 2027 que parece lejano. La Argentina necesita recuperar la conversación amplia, la capacidad de pactar con quienes piensan distinto y la responsabilidad de explicar, sin atajos, qué se puede hacer y qué no. Solo así se puede transformar la expectativa de cambio en mejoras palpables y evitar que el vacío político se convierta en el verdadero límite para nuestro futuro.
Carlos Alberto Leiva