El dato es incómodo pero ineludible: en las PASO del 13 de agosto de 2023 Unión por la Patria quedó tercera con 27,27% de los votos (6.460.689 sufragios), detrás de La Libertad Avanza (30,04%) y Juntos por el Cambio (28,27%); el escrutinio definitivo la ubicó en 27,28% (Massa 78,55% de esa interna, Grabois 21,45%). Es la peor marca del peronismo unificado en una elección presidencial desde 1983, y llegó con el peronismo en el poder.
Ese 27% no es un plafón para repartir. Es un piso frágil. Y disputarlo a cielo abierto —kicillofistas, massistas y camporistas tirando cada uno para su lado— supone jugar con fuego cuando enfrente está Javier Milei, que se animó a hacer el ajuste que el oficialismo jamás se atrevió a encarar.
La hipótesis de 1983: el espacio que ocupó el Partido Intransigente
Hay un antecedente que incomoda al peronismo: en 1983, con el país saliendo de la dictadura, la elección se polarizó entre UCR (Alfonsín 51,75%) y PJ (Luder 40,16%). Como tercera fuerza apareció el Partido Intransigente (PI) de Oscar Alende, con 347.654 votos (2,33%) y apenas dos electores. No ganó, pero marcó el territorio de una centroizquierda no peronista que luego reaparecería en el Frepaso y, más tarde, en la “transversalidad” kirchnerista.
La hipótesis es clara: si el peronismo no logra una síntesis (Kicillof + Massa + La Cámpora), ese viejo espacio —el que en 1983 expresó el PI y en los 90 el Frepaso— vuelve a abrirse. Un dirigente que articule el voto progresista desencantado con la interna peronista puede capturar a quienes hoy ven a Milei como una reedición autoritaria y, al mismo tiempo, no quieren volver a la receta del oficialismo 2023. La historia muestra que ese electorado existe y se activa cuando el PJ se fragmenta o se encierra en su interna.
El espejismo del “plan platita” y la campaña del miedo
Tras la derrota de agosto, el gobierno de Alberto Fernández y el ministro Sergio Massa activaron el manual de supervivencia: bonos a jubilados, devolución del IVA, cambios en Ganancias y otras medidas de alivio inmediato bautizadas como “plan platita”. Análisis de prensa advirtieron que solo la suba del mínimo no imponible de Ganancias implicaba alrededor de un billón de pesos anuales, y que la devolución del IVA podía sumar hasta ~676.800 millones hasta fin de año; con una inflación interanual de 124,4% en ese momento, bajar impuestos sin recortar gasto implicaba más emisión y más presión inflacionaria. En redes, el diagnóstico fue todavía más crudo: videos de @laderechadiario recordaron que la financiación de programas como el ATP, el IFE y el “plan platita” se sostuvo con emisión y que “hoy lo paga la gente con inflación”; @neura.media explicó el circuito —inyectar pesos para sostener apoyos y luego intentar absorberlos con tasas, sin resolver el excedente de base monetaria; y el economista Mario Grinman describió 2023 como un año “anabólico” por el Plan Platita, un boom de consumo que después se frenó por la inflación.
A la par, la campaña se apoyó en el miedo al adversario más que en una propuesta de ordenamiento. El resultado: ni la emisión ni el discurso del temor revirtieron la tendencia; el oficialismo quedó tercero y con la economía al borde de una espiral de precios.
Milei hizo lo que ellos evitaron
Mientras Unión por la Patria apostaba a retener el poder con atajos de corto plazo, Milei asumió el costo político de un ajuste frontal. Esa diferencia es la que convierte al 27% en un capital insuficiente para una interna abierta: el adversario capitalizó el hartazgo con la inflación y la percepción de que el oficialismo prefirió patear los problemas para después.
Por qué disputarse el 27% es peligroso
- No hay margen para la fragmentación. Un oficialismo que saca 27,28% siendo gobierno no puede darse el lujo de exhibir su interna en público; cada pase de facturas erosiona un voto que ya es escaso y que no alcanza para condicionar la agenda nacional.
- El ajuste ya lo hace otro. Con Milei ocupando el lugar de quien “se anima”, el peronismo que se niega a ordenar sus cuentas queda atrapado en el relato de la “platita” y la campaña del miedo, dos herramientas que en 2023 no movieron la aguja electoral pero sí dejaron factura inflacionaria.
- El riesgo de achicar el piso y abrir la puerta a un “PI” 2025. Si la pelea intestina sigue, el 27% puede convertirse en menos y, como en 1983, habilitar el crecimiento de una tercera opción de centroizquierda que capture al votante progresista que rechaza tanto a Milei como al internismo peronista.
Conclusión: el desafío de Unión por la Patria no es repartirse un 27% que ya es bajo, sino decidir si está dispuesto a ofrecer una alternativa creíble al ajuste de Milei en lugar de aferrarse a las recetas que lo llevaron a ese número —emisión, “plan platita” y miedo— con la hiperinflación golpeando la puerta; si no, el hueco histórico que en 1983 ocupó el Partido Intransigente puede volver a llenarse por fuera del PJ.
Carlos Alberto Leiva