La escena es cruda y sin maquillaje. Argentina llega a 2027 con la pobreza clavada en los huesos, fábricas que bajan persianas y sueldos que no alcanzan para llegar a fin de mes. Mientras los mismos de siempre se queman en cámara, hay un apellido que vuelve a barajar el mazo desde un lugar inesperado: el sobrino de Patricia Bullrich. Desconocido para el gran público, pero con oficio político, posicionamiento de centro y una estrategia que empezó a tejer antes de las legislativas de 2025 y hoy ya muestra resultados. No es un invento de laboratorio: es un operador que estuvo en la trinchera de su tía —votó y militó por Patricia presidenta en 2023— y que, paradójicamente, hoy se convierte en su principal activo.
Patricia, obsesión CABA
A esta altura nadie se engaña: Patricia Bullrich siempre quiso ser jefa de Gobierno porteño. Fue su horizonte personal mucho antes de la fallida carrera presidencial de 2023 y de su paso por el Ministerio de Seguridad. Eligió la Ciudad como vidriera, la conoce, la camina y la mide. Ahora, con el capital simbólico de haber sido ministra y con la centralidad que le dio la última década, su plan es volver a ese casillero. No como nostalgia: como proyecto de poder.
Y ahí aparece la pieza que faltaba. Su sobrino, formado en la cocina de la comunicación digital del GCBA, con vínculos transversales y un discurso de centro que no espanta a nadie, es el puente que le permite a Patricia hablarle al votante que en 2023 la acompañó y, a la vez, tender una línea hacia el peronismo no kirchnerista. El sobrino no carga el desgaste de la gestión de Seguridad ni el ruido de las causas que persiguen a la tía; aporta conocimiento, templanza y, sobre todo, una red de contactos que cruza la grieta.
El enroque que nadie se anima a decir en voz alta
El Frente Renovador lleva meses buscando “un intendente joven y exitoso” para 2027, pensando en la sucesión de Kicillof cuando no haya reelección. Lo discutieron sus propios dirigentes: necesitan un nombre con atractivo electoral para reconstruir el espacio. En esa búsqueda, el sobrino de Bullrich calza como anillo al dedo: centro, bajo nivel de exposición, experiencia en campañas y la capacidad de seducir a un electorado que ya no quiere extremos.
El movimiento es visceral porque rompe el libreto: Patricia va por la Ciudad y necesita a alguien que le ordene la Provincia. Y ese alguien puede ser Sergio Massa. No como subordinado, sino como socio. Massa conoce la botonera de Buenos Aires, tiene estructura, intendentes y oficio para administrar el conurbano que hoy arde. Patricia, mientras tanto, concentra su capital en CABA, donde se siente cómoda y donde su apellido todavía tracciona.
Por qué funciona (y por qué duele)
- Porque todos se están quemando. Con fábricas cerradas y una sociedad harta, los dirigentes con alta exposición pagan el costo del ajuste y la frustración. Un perfil de centro, con estrategia de largo plazo y sin fotos en la primera línea, respira mejor en ese clima.
- Porque el sobrino ya jugó. No es un paracaidista: acompañó a su tía en 2023 y, desde antes de 2025, armó un plan que hoy da réditos. Eso le da legitimidad en dos mundos: el de JxC desencantado y el del peronismo renovador que busca ampliar.
- Porque Patricia es un activo para él. El apellido abre puertas, instala rápido y, bien administrado, le permite al sobrino negociar desde una posición de fuerza: no pide permiso, aporta votos y estructura simbólica.
Lo que está en juego
No es una hipótesis de café: es una combinación de intereses reales. Patricia quiere la Ciudad; Massa, la Provincia bajo un acuerdo de convivencia que, en los hechos, dibuja un eje CABA-PBA con dos polos que se necesitan. El sobrino es la bisagra: centro político, conocimiento fino y la capacidad de hablarle a los que en 2023 votaron a su tía sin quedar atrapado en la lógica de la pelea permanente.
Si el país sigue hundiéndose en la pobreza y el cierre de persianas, la sociedad va a pedir caras que no estén gastadas y acuerdos que permitan gobernar. El tridente Patricia (CABA) – sobrino (articulador) – Massa (PBA) no es prolijo, es descarnado. Y por eso mismo, hoy, es creíble.
Carlos Alberto Leiva