Hay una sensación que no sale en las encuestas, pero se mastica en la cola del súper, en el bondi, en el grupo de WhatsApp del laburo: estamos políticamente huérfanos. No porque no haya candidatos, sino porque ninguno nos representa. Y lo más jodido es que esa orfandad ya no es de un sector: atraviesa todo.
El Gobierno cae. Lo dicen los números que hasta los diarios grandes publican sin maquillaje: baja la aprobación, baja la imagen del Presidente, se enfrían las expectativas. No es una operación, es el termómetro de la calle. Pero —y acá está la trampa— esa caída no se la lleva nadie. La oposición no capitaliza. La gente la desaprueba, la ve “nada preparada” para gobernar, y cuando preguntan “¿quién lidera?”, la respuesta más honesta es un balbuceo: “nadie”, “ninguno”, “no sé”.
¿Te suena? Claro que te suena. Porque vos, que alguna vez votaste a Cristina por memoria y corazón, hoy la ves más preocupada por tribunales que por tu barrio. Vos, que probaste con el peronismo federal porque querías orden sin cadenas, te encontraste con sellos vacíos. Vos, que te ilusionaste con Macri y el PRO, sentís que se les acabó la nafta y el mapa. Y vos, que le diste tu voto a Milei porque estabas harto de la casta, hoy mirás la heladera y la cuenta de luz y te preguntás si el sacrificio tenía destino o solo era relato.
Todos huérfanos. Y eso, aunque duela, es una noticia.
La bronca sin canal
Nos vendieron épicas. Nos vendieron refundaciones, revoluciones, batallas culturales, “la única salida”. Nos vendieron magia. Y la magia, como siempre, se corta cuando llega la factura. Lo que queda es una bronca que no encuentra cauce. Una bronca que no es de izquierda ni de derecha: es de sentido común. Es la bronca del que labura y no llega, del que produce y lo acribillan, del que quiere reglas claras y no una tribuna permanente.
Y cuando la bronca no tiene dueño, pasan cosas. No necesariamente buenas ni necesariamente malas. Pasan cosas reales.
No necesitamos un mesías
No hace falta un salvador con frases de mármol. No necesitamos otro que nos prometa el paraíso a cambio de fe ciega. Necesitamos a alguien normal. Alguien que no tenga prontuario ni marketing de guerra, que no se crea iluminado, que no hable en difícil para esconder que no sabe. Alguien que diga “no sé” cuando no sabe, y que cuando dice “sí”, se arremangue y lo haga.
Un tipo —o una mina— con sentido común: que entienda que el país no se arregla a los gritos ni con venganzas, que la inflación no es un relato, que la calle no es un set de televisión, que la educación y la salud no son consignas de campaña. Que no venda épicas. Que no prometa magia. Que haga lo que hay que hacer, sin cadenas nacionales para contarlo.
No va a ser un mesías. Y mejor que no lo sea. Va a ser el hombre o la mujer del momento por una razón muy simple: porque los demás dejaron el lugar vacío. Porque la gente está harta de elegir entre lo malo y lo peor. Porque hay un clamor bajo, terco, que no sale en los focus groups pero se siente: “quiero alguien que me represente sin mentirme”.
Como cuando volvió la democracia
¿Te acordás de esa sensación? No era solo votar: era volver a creer que la política podía ser nuestra, imperfecta, pero nuestra. Sin superhéroes. Con errores, con discusiones, con acuerdos. Con la tranquilidad de que el que estaba arriba no se creía dueño de la verdad ni del Estado. Ese aire es el que hoy falta. Y por eso el próximo emergente —si aparece— no va a necesitar épica: le va a alcanzar con decencia, gestión y verdad.
No va a enamorar con discursos eternos. Va a convocar con cosas simples: que el que labura pueda progresar, que el que invierte no sea tratado como enemigo, que el que estudia tenga una escuela abierta y un futuro posible, que el que está enfermo encuentre un hospital que funcione. Nada del otro mundo. Todo lo que nos falta.
A los que se sienten huérfanos
Si leés esto y te hace ruido el pecho, no sos el único. Somos muchos. No somos “la casta”, no somos “los kukas”, no somos “los libertarios”, no somos “los tibios”. Somos los que estamos cansados de elegir por espanto. Los que no queremos refundar la Argentina cada cuatro años: queremos vivir en ella.
No esperemos al mesías. No va a venir. Esperemos —y empujemos— a alguien honesto con sentido común. Si aparece, no va a necesitar aparato ni épica. Le va a alcanzar con representarnos. Y aunque no sea un elegido, se va a convertir en el nombre del momento, como cuando volvió la democracia: por el simple clamor de un pueblo que, aun cansado, no se resigna.
Carlos Alberto Leiva