El fantasma del desdoblamiento

La discusión sobre separar la elección bonaerense de la nacional volvió al centro de la escena política argentina en 2025 y, lejos de ser un mero tecnicismo de calendario, se transformó en el síntoma más visible de la fractura interna del peronismo bonaerense. El 7 de abril de 2025 el gobernador Axel Kicillof firmó el decreto que fija los comicios provinciales para el 7 de septiembre —desdoblados de la contienda nacional— con el argumento de “garantizar un proceso electoral ordenado y transparente”. La confirmación llegó después de semanas de bloqueo legislativo y de un pedido explícito para suspender las PASO, y fue presentada como una decisión de gestión: “votar dos veces el mismo día sería caótico”, repitió el mandatario.

La primera batalla: calendario y territorio

El anuncio no cayó en el vacío. Desde fines de 2024, sectores de la oposición —por ejemplo, dirigentes del PRO bonaerense— ya presionaban públicamente a Kicillof para que “desdoble” la elección, alegando un ahorro de hasta 20 000 millones de pesos si se eliminaban las PASO. En paralelo, los intendentes y el Movimiento Derecho al Futuro (MDF) —el armado territorial que responde al gobernador— comenzaron a delinear listas propias en los 135 municipios, con la intención de blindar el poder local y condicionar la negociación dentro del PJ. Para estos jefes comunales, adelantar o separar la fecha provincial es una herramienta para consolidar su influencia y evitar que la disputa nacional arrastre sus armados.

El cristinismo y la lectura de la derrota

Del otro lado de la interna, el núcleo kirchnerista —encabezado por Cristina Fernández de Kirchner y articulado por Máximo Kirchner y La Cámpora— sostuvo que el desdoblamiento fue uno de los factores que contribuyó a la derrota de 2025. La tensión quedó expuesta en la cumbre de La Plata que reunió a Kicillof, Máximo Kirchner y Sergio Massa antes del anuncio, y se profundizó cuando Kicillof defendió públicamente su decisión: “el desdoblamiento no produjo una pérdida de votos”. Para el cristinismo, en cambio, separar la elección fragmenta la oferta peronista, debilita la tracción nacional y expone a la provincia a una disputa de liderazgos que la propia Cristina buscó evitar.

Un decreto que reabre heridas

La medida, por tanto, funciona en dos planos. En el plano administrativo, Kicillof apela a la Boleta Única implementada por Nación y a la necesidad de evitar “el caos” de dos sistemas de votación el mismo día. En el plano político, el desdoblamiento es leído como un gesto de autonomía del gobernador frente a la conducción histórica del kirchnerismo —una “emancipación” que su ministro Carlos Bianco defendió en medios, pero que la militancia cristinista interpreta como un quiebre de la unidad.

El resultado es un escenario de polarización interna: intendentes y MDF presionan por un calendario que les permita consolidar territorio; el cristinismo insiste en que la experiencia de 2025 demostró los costos de dividir la elección; y Kicillof, aún con la decisión tomada, queda en el centro de una guerra de relatos donde cada sector proyecta sobre el “fantasma del desdoblamiento” sus propias cuentas pendientes.

Carlos Alberto Leiva

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