A más de un año de las elecciones, la política argentina se comporta como si la campaña para 2027 hubiese arrancado ayer. No es una exageración: los movimientos de los principales espacios están diseñados para posicionarse con vistas a la próxima disputa presidencial y, sobre todo, a la gobernación bonaerense.
Un peronismo en tres polos (más que tres frentes). La idea de un peronismo dividido en “Kicillof, Massa y Cristina” circula con fuerza, pero hoy no hay tres listas formalizadas: hay tres polos de poder que tensionan el mismo espacio. Axel Kicillof aparece como el eje del oficialismo bonaerense y ya es proyectado como figura nacional para 2027, al punto de que parte de la discusión interna se plantea como un recambio generacional dentro del peronismo. Sergio Massa, por su parte, vuelve a sonar para la gobernación: posteos y análisis lo ubican como posible candidato a gobernador en 2027 para “ocupar el lugar de Kicillof”. Y el kirchnerismo/cristinismo —con La Cámpora y Máximo Kirchner— sigue marcando agenda en la interna bonaerense, disputando reglas de juego (como el desdoblamiento) y sosteniendo su propio peso territorial.
El PRO y LLA hacen cuentas. Frente a esa dispersión, el PRO y La Libertad Avanza ven una ventana de oportunidad en la provincia. Diego Santilli ya dijo que le gustaría ser gobernador y está lanzado hacia 2027; de hecho, en 2023 perdió la interna del PRO, pero hoy vuelve a perfilarse como el nombre para recuperar el distrito que gobernó Vidal. Cristian Ritondo ratificó que la alianza con LLA en Buenos Aires se mantendrá con la mira en 2027 y respaldó a Santilli como el dirigente mejor posicionado para esa pelea. El trasfondo es explícito: “mantener el acuerdo” para no dividir el voto anti-kirchnerista.
La otra pata del trato: blindar la Ciudad. Mauricio Macri no se planta como opositor a Milei; al contrario, en el relanzamiento del PRO dejó claro que busca acompañar el rumbo y “completar” el cambio, no confrontarlo. La señal es práctica: repartir territorios. LLA empuja fuerte en Provincia (con Karina Milei al frente de la articulación), y el PRO busca retener la Ciudad de Buenos Aires —bastión histórico y vidriera de gestión—, con Jorge Macri como referencia visible del armado porteño.
El costo para el PRO. Esa convivencia tiene un precio. En la propia conducción amarilla admiten que el entorno de Milei intenta “debilitar” a Macri y que el partido corre riesgo de perder identidad dentro de la coalición. El síntoma más crudo ya se vio: el PRO llegó a competir en CABA y PBA bajo sello y estética de LLA, sin mención a su marca, lo que algunos analistas describen como “fin de una era” y pérdida de autonomía. Además, la sintonía no es pareja: en Provincia hay coordinación; en CABA la campaña se desarrolla en paralelo y con roces.
El hueco que nadie cubre. Mientras las estructuras se concentran en la ingeniería 2027, queda libre un espacio mediático y emocional que suele llenar un emergente. El caso más visible hoy es el del pastor y comunicador Dante Gebel: lanzó “Consolidación Argentina” con un encuentro nacional en Lanús, siete regionales y una mesa que mezcla sindicalistas, exfuncionarios y exdeportistas para construir una candidatura presidencial. Ya aparece medido en encuestas (1,8% en un sondeo de CB, muy lejos de Milei 34,9% y Kicillof 23,5%, pero suficiente para instalar la hipótesis). El trasfondo es conocido: demanda de renovación, hartazgo con la dirigencia tradicional y un ecosistema mediático que puede catapultar a un outsider.
Si el peronismo llega fragmentado, el pacto PRO–LLA (Santilli en Provincia y el PRO reteniendo la Ciudad) tiene lógica electoral. Pero esa misma lógica puede debilitar al PRO a nivel nacional si termina subordinado a Milei. Y, sobre todo, deja la puerta abierta para que el relato lo marque alguien que hoy no está en la rosca: la historia reciente muestra que cuando los grandes se encierran en la aritmética, la novedad puede colarse por la ventana.
Carlos Alberto Leiva