Milei y el dilema de la desregulación: ¿Libertad o desamparo?

La reciente visita del presidente Javier Milei al Centro de Monitoreo de Transacciones de Visa, y sus subsiguientes declaraciones sobre desregulación, han vuelto a encender el debate sobre el rol del Estado en la economía y la sociedad. Al afirmar que “la desregulación es una forma de devolver propiedad privada” y alentar la inversión extranjera, el mandatario argentino traza una visión de país que, desde un punto de vista central, merece un análisis matizado.

La idea de que la desregulación “abarata el traspaso de dinero” y que la eliminación de impuestos “devuelve propiedad privada” al sector que “crea riqueza” no es, en esencia, una propuesta radical para muchos economistas de centro. La eficiencia en las transacciones y la reducción de la carga fiscal son, a menudo, vistas como motores para la inversión y el crecimiento. La apelación a un “sistema de precios” que funcione como el “sistema nervioso al cuerpo humano” resuena con la creencia en la capacidad del mercado para asignar recursos de manera óptima, una premisa compartida por diversas corrientes de pensamiento económico.

Sin embargo, el “centro político” suele ser cauteloso ante el entusiasmo ilimitado por la desregulación. Si bien se reconoce el valor de la propiedad privada y la necesidad de un entorno favorable a la inversión, la historia ha demostrado que la ausencia total de regulación puede generar asimetrías de poder, monopolios y externalidades negativas que afectan a los sectores más vulnerables de la sociedad. La “arquitectura jurídica” que promete Milei para “la Argentina libre” debería, según esta visión, no solo garantizar la propiedad privada y la libertad de empresa, sino también establecer límites claros para evitar abusos y proteger el bien común.

El concepto de que el crédito se convierte en una “poderosa herramienta de ascenso social” en un marco de desregulación, permitiendo el acceso a financiamiento “sin necesidad de cumplir con los avales de entidades bancarias tradicionales”, es seductor. Apunta a una democratización del acceso al capital. No obstante, una desregulación extrema en el sector financiero puede abrir la puerta a burbujas especulativas o a prácticas crediticias irresponsables, cuyos costos suelen recaer en la sociedad en su conjunto. La prudencia y la supervisión son claves aquí.

El llamado de Milei a las empresas para “apostar por nuestro país” y ser “pioneros en este cambio de época” es una invitación directa al capital y al emprendimiento. El centro político, sin duda, apoya la inversión y la iniciativa privada como pilares del desarrollo. Pero también insiste en que estas deben darse en un marco de reglas claras, seguridad jurídica y, fundamentalmente, con un sentido de responsabilidad social y ambiental.

En última instancia, el desafío para el gobierno de Milei, y para el análisis desde el centro, es encontrar el equilibrio. ¿Hasta dónde la desregulación estimula sin desproteger? ¿Cómo se “devuelve propiedad privada” sin erosionar los derechos colectivos o sin generar una concentración excesiva? La búsqueda de una “Argentina grande nuevamente” requiere no solo la fuerza del mercado, sino también la inteligencia de un Estado que actúe como árbitro justo y garante de oportunidades para todos, sin caer en los excesos del pasado ni en las utopías de un futuro sin Estado. La honestidad intelectual nos exige reconocer que la libertad económica es vital, pero también que la libertad social y la equidad son sus complementos indispensables.

Carlos Alberto Leiva

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