La escena se ha vuelto tristemente familiar. La arremetida de Petri, la controvertida inauguración del ciclo legislativo 2026 y el “cabezazo” simbólico de Javier Milei a Victoria Villarruel. Los programas de prime time, sedientos de carroña política, no dudaron en hacer un escarnio de la vicepresidenta, desempolvando el viejo (y misógino) argumento de que “los presidentes siempre terminan con la figura del vice”. La lluvia de adjetivos y calificativos destructivos hacia Villarruel, lejos de encender una alarma o generar pánico en el poder, revela una verdad mucho más profunda e incómoda.
Lo que realmente molesta, lo que no pueden digerir, es la evidencia de que no pueden con una mujer pensante. Una figura devota de sus principios, con pensamiento propio, sagaz, independiente, y lo más “peligroso” de todo: no sumisa y fortalecida desde el silencio mediático. Les molesta todo esto, como en su momento les molestaba Cristina Kirchner después de enviudar, una comparación que, aunque venga de distintos flancos ideológicos, subraya un patrón inquietante en nuestra política. La mujer que se planta, que no se dobla, que piensa por sí misma, parece ser la némesis de ciertos sectores.
Sin embargo, en medio de este drama, también quedó en evidencia que el gobierno actual está dejando demasiadas puertas abiertas. Y, paradójicamente, desde el arco político aún parece haber crédito. Se percibe que la tarea de un “Jorge Remes Lenicov” encarnado en Milei, como el gran ajustador del exacerbado gasto público que dejó la administración de Alberto Fernández, todavía no ha terminado. A medida que el gobierno se vea obligado a negociar para generar poder y aprobar sus leyes, la política lo empujará aún más a ese rol.
Pero no nos engañemos. Los políticos son zorros viejos, astutos, y saben que la sociedad rara vez comprende las intrincadas jugadas del ajedrez político. Para muchos, “todos son unos ladris”. Por eso, la caída en las encuestas de Javier Milei no es por tildar de “golpista” a Villarruel. La gente ya tiene demasiados problemas. La verdadera razón es mucho más visceral: sobrevivir con un salario digno en Argentina es un calvario, un acto de fe diario. Y esa es la alarma que sí debería generar pánico en el poder, porque es la que resuena en cada hogar y en cada bolsillo vacío.
Carlos Alberto Leiva