Alerta roja en el sector cárnico: El cierre del frigorífico San Roque es la punta del iceberg de una crisis profunda

La noticia del cierre definitivo del frigorífico Ganadera San Roque en Morón y el despido de 140 trabajadores ha caído como un baldazo de agua fría, no solo para las familias afectadas, sino para todo el entramado productivo argentino. Este lamentable suceso, que se suma a la ya delicada situación del frigorífico General Pico (conocido por las hamburguesas Paty), dibuja un escenario económico de suma preocupación, donde la caída del consumo interno y el avance descontrolado de las importaciones están haciendo estragos.

La empresa San Roque fue tajante en su comunicación: “cambios drásticos en las condiciones económicas del país” y una “indiscriminada apertura comercial” que inunda el mercado con carnes importadas sin control alguno. ¿El resultado? Una drástica baja del consumo que simplemente imposibilita la continuidad de la producción. Esto no es un detalle menor. La retracción del consumo interno es un termómetro ineludible del poder adquisitivo de los argentinos, y si la gente deja de comprar carne, un alimento tan arraigado en nuestra cultura, es porque la soga aprieta y mucho.

Pero la ecuación se vuelve aún más compleja y desoladora al analizar el factor importaciones. Si bien los datos del Indec muestran que el volumen de carne vacuna importada en 2025 (17.000 toneladas por USD 73,8 millones) puede no ser “determinante” en el consumo mensual, el salto interanual del 580% respecto a 2024 (2.300 toneladas por USD 9,7 millones) enciende todas las alarmas. Es un crecimiento brutal que, en un contexto de caída del consumo local, asfixia a la producción nacional y la deja sin oxígeno. ¿Para qué producir si el mercado se inunda de productos de afuera a precios posiblemente más bajos?

Mientras tanto, los 140 trabajadores de San Roque, al igual que los 194 de General Pico, quedan a la deriva, esperando indemnizaciones y “eventuales alternativas laborales” que, en este clima, suenan más a promesa vacía que a certeza. La Ley de Contrato de Trabajo, en su artículo 247, ampara estos despidos por causas económicas, pero detrás de cada número hay una historia, una familia, un proyecto de vida que se desmorona.

Es cierto que las exportaciones de carne, según el Consorcio de Exportadores ABC, mostraron señales positivas en enero de 2026, con un aumento en volumen y valor y un precio promedio por tonelada un 28,6% mayor que el año anterior. Esto, impulsado por un contexto internacional favorable, es una buena noticia en sí misma. Sin embargo, no logra compensar el deterioro interno. No podemos depender solo del exterior mientras nuestra industria local se desangra y deja a cientos de personas en la calle.

La crisis del sector cárnico, con el cierre de históricos establecimientos y la delicada situación de grandes productores, es un llamado de atención urgente. Necesitamos una mirada integral que proteja la producción nacional, estimule el consumo interno y establezca reglas claras para evitar que la “indiscriminada apertura comercial” se convierta en una sentencia de muerte para nuestras empresas y nuestros empleos. La preocupación es mayúscula, y el tiempo para actuar, parece, se agota.

Carlos Alberto Leiva

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