En un movimiento que sorprendió a propios y extraños, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner y el exdiputado y excompañero de fórmula de Mauricio Macri, Miguel Ángel Pichetto, mantuvieron un reencuentro que resuena como un sismo en el tablero político argentino. La reunión, que duró hora y media en la residencia de Kirchner, no fue un mero saludo protocolar. Tras más de una década de profundas diferencias y enfrentamientos públicos, este diálogo a puertas cerradas envía un mensaje claro: la necesidad de unidad frente a la profunda crisis económica y social que atraviesa el país bajo la administración de Javier Milei.
La agenda de la cumbre, aunque informal, dibujó una hoja de ruta peronista: la defensa a ultranza de la industria nacional ante la creciente “avalancha importadora”, la urgencia de generar empleo de calidad y la imperiosa tarea de reconstituir el entramado del justicialismo, especialmente en la estratégica provincia de Buenos Aires. “Hay que construir desde el perdón mutuo y mirar hacia adelante”, sintetizó Pichetto, esbozando una perspectiva de superación de las heridas del pasado.
Este acercamiento, gestado telefónicamente en diciembre y concretado la semana pasada, fue estratégicamente develado por la diputada Marita Velázquez durante un encuentro militante. No hubo fotos ni comunicados oficiales, pero la noticia se expandió como reguero de pólvora, dejando en claro que la unidad del peronismo, fragmentado y herido por internas, se erige como la principal respuesta al actual modelo.
La base de esta reconciliación podría encontrarse en el respaldo que Pichetto brindó a Kirchner el año pasado, cuando cuestionó la condena en la causa Vialidad, tildándola de “política” y señalando inconsistencias en la inhabilitación perpetua. Este gesto, en un contexto de polarización extrema, sembró la semilla de un diálogo que hoy busca la reunificación de fuerzas.
La referencia de Pichetto a la estrategia de Lula da Silva para derrotar a Jair Bolsonaro en Brasil no es casual. El peronismo parece ver en el actual gobierno de Milei un espejo del bolsonarismo y aspira a replicar un frente amplio que, más allá de las diferencias ideológicas pasadas, concentre su energía en volver a ser una alternativa de gobierno.
Este “abrazo” entre dos figuras de peso, que hasta hace poco parecían irreconciliables, podría marcar el inicio de un reacomodamiento interno. El tiempo dirá si este gesto de unidad es solo una tregua coyuntural ante la adversidad, o el puntapié inicial para una verdadera reconstrucción del peronismo de cara a futuros desafíos electorales. La crisis actual parece obligar a la política a barajar y dar de nuevo, y en ese nuevo mazo, la unidad, por más incómoda que sea, se presenta como la carta más fuerte.
Carlos Alberto Leiva