Mi historia, ese mapa que me define, empieza en Estación Rivadavia, esa zona de Núñez que se abraza con Vicente López. Ahí, entre esas calles arboladas y los muros del colegio Joaquín María Cullen, fui construyendo mi infancia. Fue una mezcla genial: una educación con ese toque afrancesado, la lectura abriendo mundos y, sobre todo, una sensibilidad musical que apareció bien temprano.
Porque no cualquier chico de 12 años pide un disco. Y menos uno como “Vasos y Besos” de Los Abuelos de la Nada. ¡Fue una revelación! Recuerdo pedirlo con esa inocencia y esa certeza de que era lo mío. Los Abuelos no eran solo una banda, eran la banda sonora de un momento en el país, la explosión de creatividad de Miguel Abuelo y esos monstruos como Calamaro, Bazterrica, Starc, Melingo… “Vasos y Besos”, del ’83, era pura libertad. Canciones como “Himno de mi corazón”, “No te enamores nunca de aquel marinero bengalí” o “Lunes por la madrugada” no eran solo canciones para mí; eran como portales, me llevaban a otro lugar, inyectando en mi infancia una dosis de poesía, de ritmo y una forma distinta de ver la vida. Ese disco en particular me hablaba, me mostraba un mundo más grande del que veía en Estación Rivadavia. Aquel vinilo o cassette no era solo música; era una promesa, la intuición de algo más.
Antes de que esa promesa se hiciera realidad, hubo un intento con el fútbol. Las inferiores de Platense me tuvieron corriendo por las canchas, sintiendo esa adrenalina. Pero el eco de Los Abuelos, la melodía de esas canciones, resonaba con mucha más fuerza en mi interior. A los 13, lo supe con total claridad: la pelota no me atrapaba. Había otras pasiones que vibraban en mí, otros lienzos en blanco que esperaban mis colores, otras historias que quería contar.
Y así fue como, con la misma determinación con la que agarré ese “Vasos y Besos” siendo un niño, me entregué de lleno a lo que realmente me movía. La música, por supuesto, fue mi primer amor, pero también la pintura y la actuación. Mis pinceles, mi voz, mi cuerpo se convirtieron en mis nuevas formas de expresarme. Y mientras todo eso sucedía, no dejé de lado la exploración más tangible: la ciudad se abrió para mí, con sus barrios y sus secretos, y me encantaba perderme para encontrarme en sus rincones. La lectura, siempre fiel, siguió alimentando mi mente inquieta, siempre buscando nuevas perspectivas, nuevas historias.
Mi camino, entonces, se forjó bajo el influjo de esa banda icónica, esa que me enseñó que la vida podía ser una canción llena de matices, de vasos para brindar y besos para dar. Un recorrido que, desde la niñez, ha sido una búsqueda constante de lo auténtico, de lo que verdaderamente me mueve el alma y me hace vibrar.
Carlos Alberto Leiva