En la Argentina de hoy el dólar puede estar quieto, el Banco Central puede comprar reservas y los importados pueden abaratarse, pero la pregunta que importa en la verdulería y en la cola del súper es otra: ¿cuándo se nota de verdad? La respuesta corta es: cuando se alinean tres cosas a la vez. No una, no dos: las tres.
1) Inflación en pesos que baje y se mantenga baja varios meses
No alcanza con un dato bueno suelto. La diferencia se siente cuando la góndola deja de remarcar cada semana y el precio del paquete de fideos, la lavandina o el aceite queda estable durante varias semanas. Ahí el sueldo rinde más sin que nadie haga magia: simplemente la plata no se evapora entre el 1 y el 30. También cambia la cabeza: la gente deja de mirar el dólar como termómetro diario, porque la referencia vuelve a ser el precio en pesos.
2) Salarios y jubilaciones que le ganen a la inflación de forma sostenida
Para que el “me alcanza” sea real, los ingresos tienen que subir un poco más que los precios, y no un mes aislado: hace falta que se repita dos o tres meses seguidos. Esa constancia es la que transforma una mejora puntual en una recuperación percibida. No se nota primero en grandes lujos; se nota en el changuito: más frescos, menos segundas marcas por obligación, y la posibilidad de volver a comprar sin calculadora en mano.
3) Crédito y liquidez que lleguen al consumo diario
La “remonetización” reciente —baja de encajes, más liquidez en el sistema— hoy viaja más por bonos y crédito mayorista que por billetes en la mano. El salto a la calle ocurre cuando esa liquidez se traduce en herramientas bien concretas: cuotas sin interés, descuentos y promociones en el supermercado, reintegros, programas de fidelidad que valgan la pena. Dicho de otra forma: cuando la mejora deja de verse solo en autos, electro o viajes (durables e importados) y empieza a aparecer en la compra cotidiana.
Señales concretas que la gente va a ver primero
- Precios de alimentos y limpieza que no se mueven durante varias semanas. No es que todo baja: alcanza con que deje de subir.
- Menos brecha entre marcas y más competencia de segundas y terceras marcas. Cuando la diferencia entre la primera y la segunda no es un abismo, el consumidor recupera poder de elección.
- Supermercados con más promociones y, sí, colas más largas a fin de mes: señal de que la plata llega.
- Servicios (luz, gas, transporte) que aumentan menos que el sueldo. No hace falta que se congelen; con que corran por detrás del ingreso, la cuenta cierra mejor.
Cómo se encadena la mejora
Si la inflación mayorista se mantiene baja (ese 1 % que marcó febrero) y el IPC encadena un par de meses a la baja, el primer lugar donde se nota es donde ya hay tracción: durables e importados. Con el dólar calmo y algo de crédito, esos rubros reaccionan rápido. La segunda ola, la que de verdad cambia el humor social, llega cuando los salarios recuperan: ahí la mejora baja al consumo cotidiano y se vuelve masiva.
Un dólar estable ayuda, sumar reservas ayuda, pero lo que convierte todo eso en bienestar palpable es la combinación de precios que no se disparan, ingresos que le ganan a esos precios y crédito que llega a la compra de todos los días. Cuando esas tres cosas se juntan, la mejora deja de ser un gráfico y se vuelve changuito lleno.
Carlos Alberto Leiva