Victoria Villarruel llegó a la vicepresidencia de la mano de Javier Milei, pero su ejercicio del poder en el Senado muestra un perfil propio que la aleja del libreto libertario y la acerca al peronismo no kirchnerista. La pieza clave de ese movimiento fue Claudia Rucci.
La alianza que marcó la cancha
En enero de 2024, Villarruel designó a Rucci —hija del histórico secretario de la CGT José Ignacio Rucci y dirigente de larga trayectoria en el PJ no K (pasó por armados con Eduardo Duhalde y José Manuel de la Sota)— al frente del Observatorio de Derechos Humanos del Senado. La jugada tenía dos objetivos: instalar la agenda de “memoria completa” de los 70 y, sobre todo, tender un puente con sectores del peronismo tradicional.
Rucci sintetizó esa sintonía en una frase que define el encuadre político de la vice: Villarruel es “contenedora”, con “gran empatía”, “habla de unidad nacional y cree en la justicia social”, y sus diferencias con Milei “no son de fondo”, sino de estilo. El léxico —unidad nacional, justicia social— es peronista, no libertario.
Los gestos acompañaron el discurso: reunión de Villarruel con Isabel Perón en Madrid, colocación de su busto en el Senado y recorridas bonaerenses (Chivilcoy, Saladillo) junto a Rucci para ampliar base territorial. En 2021, Rucci había cofundado el Peronismo Republicano (con Miguel Ángel Pichetto y Joaquín de la Torre) dentro de Juntos por el Cambio para captar el voto peronista no kirchnerista, y se le reconocen vínculos con Sergio Massa: todo un mapa de afinidades con el PJ no K.
El quiebre y la presión de Casa Rosada
En enero de 2025 Rucci renunció “por motivos personales” a la dirección del Observatorio. La salida fue leída como pérdida de una aliada clave para Villarruel y como parte de un reordenamiento interno. El trasfondo: tensiones con Balcarce 50 por la agenda propia de la vice —incluido el homenaje a Isabel— y la necesidad de “alinear” su equipo con la estrategia oficial.
Desde el Gobierno le reclamaron públicamente “alineamiento político” y que “empuje y defienda la agenda del Gobierno en el Senado. Para eso la votaron y no lo hace”. En el entorno de Villarruel reconocieron el clima: “Acá nos tildan de traidores por estar, por no estar; nos tratan de traidores por existir”. La relación con Milei quedó en un plano “institucional”, frío y distante.
Dónde queda parada Villarruel
Villarruel no rompió de fondo con Milei, pero su práctica política —alianza con una referente del PJ no K, reivindicación de símbolos del peronismo histórico y un discurso que incorpora “justicia social” y “unidad nacional”— la ubica en la centroderecha nacional-conservadora, más cerca del peronismo no kirchnerista que del núcleo libertario. No hay una afiliación formal al Frente Renovador ni a otro sello del PJ, pero sí una zona de coincidencias de agenda, lenguaje y electorado.
Villarruel no es antiperonista; es antikircnerista. Y ese matiz, en la Argentina de hoy, define su espacio: un peronismo no K de tono institucional, orden y memoria “completa”, que compite por el mismo universo de votantes que el PJ tradicional no kirchnerista y que choca con la conducción vertical que exige el oficialismo libertario.
Carlos Alberto Leiva