Aviso al sector fabril: sin corrección cambiaria, la competitividad la paga la empresa

La industria argentina entró en zona de alarma y el Gobierno ya avisó que no moverá las piezas centrales de su programa: inflación todavía alta y dólar estable, una combinación que acelera la apreciación cambiaria y deja al sector fabril sin el colchón de competitividad-precio que históricamente amortiguó los shocks. El mensaje llegó, según consignó ámbito.com, en un llamado del ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, a un referente empresario: el diagnóstico oficial reconoce precios calientes por varios meses y, a la vez, la decisión de mantener el tipo de cambio sin sobresaltos. Traducido al piso de fábrica, eso implica que el ajuste no vendrá por el dólar sino por las empresas y el empleo.

La señal política es doble. Por un lado, la caída de la producción y el aumento del desempleo dejaron de ser sólo un dato económico para transformarse en un problema para la imagen presidencial; por otro, el Ejecutivo responde con más desregulación y pide a las cámaras que acerquen propuestas, pero sin alterar el ancla cambiaria. El resultado práctico es un menú estrecho para los industriales: financiar de su bolsillo la transición —inversión en productividad o reconversión—, recortar costos vía despidos y achique de estructuras, o, en los casos más comprometidos, cerrar líneas o plantas.

El riesgo de fondo no es únicamente cíclico. La apertura comercial combinada con un tipo de cambio que no acompaña la inflación genera la distorsión clásica entre transables y no transables: mientras los servicios internos tienden a subir, los bienes que compiten con importaciones quedan rezagados. Ese descalce se refleja en un salto de las compras externas —las importaciones de 2025, excluyendo energía, marcaron récord y los bienes de consumo subieron con fuerza— y en márgenes industriales cada vez más comprimidos. A esto se suma el impacto de la guerra en Medio Oriente: mejora los términos de intercambio para el país, pero mete presión sobre los combustibles y, por esa vía, sobre el índice de precios, mientras endurece el financiamiento para emergentes. Si el Gobierno busca compensar el shock con más apreciación, el alivio nominal de corto plazo se paga con mayor tensión en la economía real.

El realismo, entonces, obliga a poner las cartas sobre la mesa: con el dólar “pisado” como ancla y sin corrección cambiaria a la vista, la variable de ajuste se traslada a las empresas y al mercado laboral. Sostener actividad requerirá capital propio para reconversión, acuerdos de productividad y mejoras de eficiencia que no todos pueden financiar; en otros casos, el recorte de personal será la vía para equilibrar costos; y en los eslabones más expuestos, el cierre aparece como desenlace. No es un pronóstico catastrofista, es la consecuencia lógica de una hoja de ruta que prioriza la desinflación vía ancla cambiaria y desregulación, y que deja en manos del sector privado la adaptación a un tipo de cambio real cada vez más apreciado.

Carlos Alberto Leiva

Fuente: Ambito

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