Victoria Villarruel camina por un filo delgado. La crónica que publicó La Nación el 23 de marzo de 2026, firmada por Gustavo Ybarra, la muestra observando en silencio los “avatares y desventuras” del gobierno de Javier Milei, expulsada —según su entorno— por orden de Karina Milei, y resistiendo como puede las acusaciones de traición y golpismo que se repiten desde la propia tropa libertaria. No hay, por ahora, un plan cerrado para 2027; la fórmula que repiten sus allegados es un retruécano deliberado: no dicen que será candidata, pero tampoco lo descartan. Esa ambigüedad, que el artículo describe como su mejor manera de jugar la partida desde el primer piso del Senado, es el punto de partida de mi lectura.
Creo que, si Villarruel opta por no declarar, baja su perfil y pasa desapercibida, el efecto inmediato no es el repliegue sino el desplazamiento: deja de quedar encasillada en la imagen de una ultraderecha tirapiedras, contestataria y mediática, y empieza a ser percibida en un registro más cercano al centro dialoguista. El silencio táctico, combinado con una agenda propia ligada al interior productivo —la Vendimia, Expoagro— y con la decisión de no confrontar abiertamente con Milei, la corre del ruido de la interna y la ubica en un lugar de moderación por contraste. Es una moderación construida menos por definiciones explícitas que por omisiones: no devolver cada golpe, no alimentar el ida y vuelta diario, dejar que los errores ajenos —el viaje privado de Adorni, el resurgir del caso $LIBRA— hablen por sí solos, como apunta la crónica de La Nación.
Además, hay un dato que me parece decisivo y que la nota de Ybarra también deja entrever: Villarruel aparece como una figura maltratada desde adentro del propio espacio libertario. Las acusaciones públicas de traición y golpismo, el ninguneo sistemático y la batería de ataques orquestados —que incluso derivaron en denuncias penales contra Luis Petri, Lilia Lemoine y algunos periodistas— configuran una escena de hostigamiento interno. Esa condición la coloca, a ojos de buena parte de la opinión pública, en el lugar de víctima. Y esa victimización, sumada a un perfil bajo, potencia el corrimiento que señalaba antes: no es la dirigente que busca la cámara para retrucar, sino la mujer que resiste en soledad los embates de su propio gobierno. En términos de percepción, ese desplazamiento la aleja del estereotipo de la confrontación permanente y la acerca a un tono más humano, institucional y dialoguista.
La gran incógnita que plantea la crónica —cuánto caudal electoral propio conserva Villarruel después de dos años y medio de gestión y de una guerra abierta con los Milei— sigue abierta. Pero mi hipótesis es que el camino del bajo perfil, precisamente porque la ubica como víctima de una interna feroz y la desmarca de la lógica de la pelea mediática, le permite preservar capital político sin quemarlo en escaramuzas cotidianas. Si logra sostener esa ambigüedad sin quedar atrapada en la refriega, su figura puede ampliarse más allá del núcleo libertario: no por un giro ideológico explícito, sino por el contraste entre quien calla y gestiona y quienes gritan para demostrar lealtades. En ese contraste, como sugiere la crónica de La Nación y como sostengo aquí, Villarruel se corre del borde y empieza a ocupar, por decantación, un espacio de centro pragmático y dialoguista.
Carlos Alberto Leiva