En el PRO repiten una fórmula que parece calcada de un vestuario: “hay que buscar un outsider y, antes de las elecciones, sacarlo a la cancha”. Del otro lado del teléfono, la respuesta del operador es tan obvia como incómoda: “¿y para qué querría venir al PRO?”. El intercambio resume el dilema que atraviesa a Mauricio Macri y a la cúpula amarilla: quieren un nombre nuevo, pero el partido hoy no ofrece incentivos para que alguien competitivo acepte ponerse esa camiseta.
El propio Macri reconoció que el PRO “tiene 400 dirigentes” pero todavía no cuenta con un candidato conocido para 2027, y que la prioridad del momento es “apoyar las ideas que impulsa Milei”. Al mismo tiempo, marcó distancia: al Gobierno le “falta más músculo” y más diálogo. Esa tensión —acompañar al oficialismo libertario mientras se promete un candidato propio— es el nudo que hoy asfixia al PRO.
El partido que se vacía
El problema no es solo de nombres. En los últimos meses, el PRO perdió piezas clave que migraron hacia La Libertad Avanza: tres legisladores porteños que respondían a Patricia Bullrich (Juan Pablo Arenaza, Silvia Imas y María Luisa González Estevarena) se sumaron al bloque libertario; el intendente Diego Valenzuela (Tres de Febrero) abandonó el PRO; y Luis Juez dejó la presidencia del bloque en el Senado para alinearse con Milei. La alianza electoral en distritos centrales terminó de subordinar al PRO al sello violeta: compite bajo los colores de LLA, sin siquiera conservar mención simbólica en la boleta.
El resultado es un partido que aportó estructura, votos y legitimidad al proyecto libertario, pero que quedó sin identidad propia. Como describió un análisis reciente, “el liderazgo de Macri está eclipsado por Milei” y el PRO “aparece sin sello, sin identidad, con sus figuras diluidas en un Gobierno ajeno”. Esa es la trampa: para sobrevivir como marca necesita diferenciarse de Milei; para mantenerse relevante ahora, depende de colgarse de él.
La ventana del centro
Si el PRO quiere un outsider que realmente traccione, ese nombre no puede ser un “mini-Milei” amarillo. Tiene que ocupar el espacio que el oficialismo deja vacío: reformas pro-mercado sí, pero con institucionalidad, gestión y menos confrontación. En otras palabras, un “outsider de centro” que le hable al votante que comparte el rumbo económico pero rechaza la pelea permanente y la improvisación.
Ese armado ya se conversa por fuera del PRO: dirigentes sin referencia nacional tejen una coalición de centro similar a la que dio origen a Cambiemos en 2015, con contactos en la pata blanda del PRO, el socialismo santafesino, Facundo Manes, Elisa Carrió y gobernadores como Rogelio Frigerio y Maximiliano Pullaro. La hipótesis es abrir un camino del medio entre libertarios y kirchneristas, y juntar volumen en el centro del país. Incluso en el peronismo no kirchnerista circula la idea de un frente amplio anti-Milei para 2027.
El dilema de Macri
Aquí aparece la paradoja final: Macri imagina un outsider “PRO” que le devuelva centralidad a su partido, pero la única salida realista es un outsider de centro que compita con Milei. Eso implica ceder protagonismo, aceptar que el liderazgo puede no ser amarillo y que el armado incluya radicales, peronistas no K y provinciales.
El PRO, en soledad, ya no convoca. Si quiere volver a ser competitivo en 2027, necesita algo más que 400 dirigentes sin candidato instalado: necesita una plataforma que ofrezca previsibilidad y músculo de gestión. Y esa plataforma, hoy, no está dentro del PRO sino en una coalición de centro que lo contenga. El outsider que Macri busca para su partido solo será viable si, en realidad, es el outsider de un espacio más amplio que se anime a enfrentar a Milei.
Carlos Alberto Leiva