Buenos Aires, tarde de miércoles. El despacho huele a café recalentado y a carpetas con encuestas subrayadas en flúo. A un lado de la mesa, el operador —peronismo de centro, campera liviana, la lapicera que gira entre los dedos—. Del otro, cuatro cabezas que no suelen coincidir en nada y hoy, raro, coinciden en casi todo: un analista de opinión, una especialista en imagen, un encuestador y un politólogo que oficia de relator. El pedido fue directo: “Díganme si este nombre entra y, sobre todo, cómo no romperlo”.
—Lo vendemos sin vueltas —arranca el analista de opinión, con el tono de quien ya probó el argumento en focus—. Perfil: outsider de centro con impronta peronista-federal (desarrollo más Estado árbitro más justicia social en versión moderada). No es “un peronista” orgánico; es un independiente que puede sintetizar ese espacio sin cargar con la interna. Su capital político es la ajenidad: vale mientras llegue sin padrinos ni obediencia. Si lo tutelan, se rompe el contrato con el votante.
La especialista en imagen asiente y proyecta tres fotos en la pared: plano medio, fondo claro, ropa sin estridencias. —No es masivamente conocido y eso hoy es un activo —dice—. Limpio, sin causas; imagen cuidada, intelecto y tono moderado. Menos rosca, más contenido. Agenda propia, pocas fotos con dirigentes, cero vocería de internas. Si lo rodean de operadores, el relato de independiente se cae en 48 horas.
El encuestador abre su notebook. —Hay demanda de centro —apunta, y marca un número con el cursor—. El 51,3% ubica el futuro del peronismo en el centro. Y cuando preguntamos por figuras que la gente “querría ver” en política, aparece un emergente inesperado: Marcos Galperín. No es para copiarlo; es para entender el mercado: gente que ordena, que no viene de la rosca. Ahí hay un casillero vacante.
El politólogo toma la posta: —La operación “outsider” ya está instalada en medios. Se habla de Massa como arquitecto en las sombras que no será candidato y busca outsiders; hay réplicas en C5N, notas en El Economista y Cenital con Schargrodsky; también globos de ensayo —Herrero, Brito— que lo niegan. La estrategia está; el nombre, todavía no. El hombre ocupa ese casillero sin quemarse.
—Condición de uso —interrumpe el operador, que hasta ahora escuchaba—. ¿Cuál es?
—Autonomía real —responde el analista, seco—. Si lo quieren disciplinar, la etiqueta de independiente se vuelve en contra y pierde valor. Sirve si lo usan sin correa; si no, mejor no usarlo.
La especialista en imagen vuelve a las fotos: —Programa mínimo, verificable, tres anclas y listo: desarrollo con Estado árbitro, justicia social moderada, institucionalidad limpia. Nada de promesas maximalistas. Y un gesto de autonomía que incomode a todos por igual: criticar el ajuste sin red y la emisión sin plan. Sin ese gesto, el relato no cuaja.
El encuestador desliza una hoja con cruces. —Segmentos: independientes desencantados, peronistas no kirchneristas, progresistas moderados que no compran épicas refundacionales. No hay que enamorar al núcleo duro; hay que ordenar el voto anti-Milei sin quedar atrapado en la interna.
El politólogo cierra con una línea para la mesa chica: —“Candidato de centro, independiente y limpio, con programa peronista-federal moderado; no responde a ninguna cúpula, por eso puede ordenar el voto anti-Milei sin quedar atrapado en la interna. Úsenlo sin correa o no lo usen.”
Silencio. El operador deja de girar la lapicera, la apoya sobre la carpeta y mira la última foto en la pared. —Si lo apadrinan, lo rompen —dice, más para sí que para los demás—. Si lo dejan ser ajeno, tal vez tengan candidato.
Carlos Alberto Leiva