Marcos Galperín volvió a decirlo con todas las letras: no le interesa ser presidente, los rumores son “un mito total” y tampoco compra la idea de un salto a la política. Lejos de clausurar el debate, esas declaraciones son un termómetro: el empresariado más exitoso del país se corre, y sin embargo el hueco sigue ahí, latiendo. Cuando el nombre más citado para encarnar un liderazgo “de afuera” se baja solo, queda expuesto el terreno fértil para un outsider de centro que no venga a refundar todo desde Buenos Aires, sino a reequilibrar el poder con las provincias.
El dato político es el vacío, no el nombre. La Argentina que no se siente representada ni por el kirchnerismo ni por el mileísmo viene reclamando una oferta de gestión que no sea facciosa, que no use la Casa Rosada como púlpito y que entienda que gobernabilidad hoy se escribe con los gobernadores. Si Galperín no quiere —y lo dice sin vueltas—, entonces la pregunta deja de ser “quién es el empresario salvador” y pasa a ser “qué coalición de centro, con perfil ejecutivo y mirada federal, ocupa ese lugar”.
La llave son los gobernadores no K/no M. Ahí está el músculo real para un outsider: mandatarios que ya administran provincias, conocen el territorio y necesitan un paraguas nacional que no los subordine a la lógica centralista. La oportunidad es ofrecerles lo que no tuvieron: un pacto federal explícito —coparticipación discutida en serio, obras con criterios productivos y no de alineamiento, autonomía para definir agendas de seguridad, educación y producción— a cambio de una base de sustentación que no dependa del humor del AMBA. El “no” de Galperín funciona como espejo: si incluso él elige correrse, es porque la demanda de un liderazgo externo está buscando un canal institucional, no un salvataje personalista.
Un nuevo Juntos por el Cambio “con otro nombre”. El PRO, la UCR y la Coalición Cívica —sí, con Elisa Carrió en la mesa— tienen incentivos para rearmar la coalición bajo otra etiqueta, menos atada a las marcas quemadas y más abierta a un liderazgo sin prontuario partidario. No se trata de cosmética, sino de redefinir reglas: primarias competitivas de verdad, programa de gobierno acotado a cinco o seis prioridades (estabilidad macro, baja de inflación, reforma tributaria pro-inversión, seguridad con coordinación federal, educación básica y modernización del Estado), y un compromiso público de reparto de poder con las provincias.
Sumar a Victoria Villarruel, con agenda y límites. La invitación a Villarruel tiene sentido si se la enmarca: ofrecerle el Ministerio de Defensa —su área de interés— dentro de un gabinete con equilibrios claros y con una hoja de ruta civil estricta (control civil de las Fuerzas Armadas, profesionalización, equipamiento y despliegue bajo conducción política). Es un gesto hacia un electorado que pide orden y respeto por las instituciones, sin caer en aventuras ideológicas ni en la concentración de poder. El centro no se “derechiza” por sumar una figura con perfil en defensa; se fortalece si la incorpora con reglas y contrapesos.
Agenda del outsider: menos relato, más coordinación federal.
- Pacto fiscal con gobernadores: reglas previsibles de coparticipación y fondos específicos atados a resultados (educación, salud, seguridad).
- Plan de infraestructura productiva co-diseñado con provincias: rutas, energía, puertos, conectividad, con evaluación técnica y no con lapicera porteña.
- Seguridad: comando unificado federal-provincial, inteligencia criminal y recursos para fuerzas locales; Defensa separada de Seguridad interior.
- Desburocratización y reforma del Estado que empiece por Nación, no por trasladar ajuste a las provincias.
- Competitividad y empleo: baja de distorsiones, simplificación tributaria y crédito para pymes en economías regionales.
Galperín no quiere ser candidato, y lo dijo. Paradójicamente, eso confirma que la demanda por un liderazgo externo y de centro existe y busca cauce. Si los gobernadores no kirchneristas ni mileístas se paran sobre un acuerdo federal, y el PRO, la UCR y la CC aceptan rearmar un “Juntos por el Cambio” con otro nombre y reglas nuevas —incluyendo una silla para Villarruel en Defensa, con límites institucionales—, el espacio para un outsider no es una fantasía: es la vacante más visible del sistema.
Carlos Alberto Leiva