La política económica argentina parece estar atrapada en un eterno retorno, un ciclo vicioso que se manifiesta claramente en la dualidad de pensamiento entre las figuras de Javier Milei y Axel Kicillof. Esta dicotomía, tan marcada como un “yo o el pasado”, nos arrastra de vuelta a una arena donde cada nueva gestión emerge con la promesa de “romper todo”, solo para que, en el futuro cercano, otro actor aparezca con la misma consigna destructiva. La historia reciente se convierte en un espejo que refleja un patrón inquietante: un gobierno que desmantela lo anterior, para que en cuatro años, otro llegue y repita la operación.
La raíz de esta dinámica destructiva se encuentra, según observadores, en una profunda “falta de sentido común” entre estos “actores” principales. Esta ausencia de consenso nos condena a repetir los errores del pasado, con sus recurrentes crisis de reservas, dólares baratos artificialmente sostenidos y caídas en la demanda de dinero que invariablemente se justifican para “emitir sin respaldo”. Las consecuencias son bien conocidas: la manipulación del precio del transporte y los servicios, un círculo vicioso de inflación incontrolable, dinero que “quema en los bolsillos”, una brecha cambiaria desorbitante y una respuesta del mercado que termina golpeando duramente el bolsillo de los trabajadores.
Pero este escenario no solo erosiona la economía; también carcome el capital social y la confianza de los ciudadanos en sus instituciones. La incertidumbre se vuelve la única constante, llevando a una fatiga social que impacta la planificación personal y colectiva. Esta inestabilidad desalienta no solo las inversiones productivas a largo plazo, sino también la inversión en proyectos de vida y el desarrollo personal, dejando una sensación generalizada de agotamiento y desesperanza.
Este ciclo de demolición y reconstrucción incompleta plantea una pregunta fundamental sobre la capacidad de Argentina para forjar un camino de estabilidad y progreso. ¿Estamos condenados a esta alternancia incesante, o existe una forma de romper este patrón y construir sobre bases más sólidas y consensuadas?
La experiencia reciente sugiere que, sin un cambio profundo en la mentalidad política y económica, el país seguirá girando en esta espiral de promesas rupturistas y resultados frustrantes. La clave podría residir en la necesidad imperante de establecer una visión de Estado a largo plazo, donde se acuerden políticas económicas y sociales que trasciendan los mandatos presidenciales. Esto implicaría una madurez política capaz de generar consensos mínimos sobre ciertos pilares que no sean desmantelados cada cuatro años, proporcionando un horizonte de previsibilidad que hasta ahora parece esquivo.
La pregunta crucial que surge es si Argentina, como sociedad, logrará generar estos consensos. Y más aún, ¿qué rol jugarán los sectores productivos y la sociedad civil, los verdaderos afectados por esta vorágine, para exigir y construir esa estabilidad tan anhelada? La persistencia de este laberinto demanda una reflexión profunda y una acción colectiva que apunte a un futuro distinto, uno donde la destrucción no sea el preludio constante de la frustración.
Carlos Alberto Leiva