En la arena política, donde el tribalismo y la lealtad ciega suelen ser moneda corriente, cualquier voz que ose desafiar la ortodoxia es rápidamente señalada. Pero cuando esa voz pertenece a una mujer, y además posee un pensamiento que se desmarca de lo establecido por el “club de los hombres”, la exposición y el ninguneo adquieren matices aún más preocupantes. La reciente arremetida de Victoria Villarruel contra el ministro Luis Petri, y las reacciones que generó, no son más que el enésimo ejemplo de este patrón.
La vicepresidenta, lejos de amedrentarse por la calificación de “golpista” o por la sugerencia presidencial de ser una figura incómoda, decidió no solo responder, sino contraatacar con la contundencia de quien tiene convicciones claras y datos en mano. Su referencia al “vacío” dejado en IOSFA, que “dejó a cientos de miles de militares y familias sin atención médica”, no es un comentario de pasillo; es una denuncia seria sobre la gestión de un área sensible. ¿Por qué una denuncia de tal calibre, que afecta la salud de una porción importante de las fuerzas armadas y sus familias, se diluye en el eco de una discusión personal, minimizándose como una “vecina chusma”? Quizás porque resulta más fácil descalificar a la mensajera que atender el mensaje.
Cuando Villarruel no lanza la afilada reflexión de que “no hay peor afrenta a uno mismo que de ser un socialdemócrata renunciar a mirarse al espejo y pasar a ser un súbdito de la extrema derecha violenta”, lo hago yo mismo y estoy señalando una incoherencia, una claudicación ideológica que muchos, en voz baja, lamentan. Sin embargo, su crítica es caricaturizada, sus argumentos reducidos a una disputa interna o a “personalismos”. ¿Es el precio por no sumarse al coro, por atreverse a una mirada propia y crítica dentro de un espacio donde se espera una adhesión incondicional, especialmente si se es mujer?
La ironía con la que describe a Petri, sus “cosplays” y “trencitos de la alegría”, puede sonar dura, sí. Pero detrás de la acidez, hay un mensaje: el de la política como espectáculo frente a la política como gestión. Y si a eso se le suma la osadía de ironizar sobre la supuesta “refinación” de quienes la señalan, evocando figuras históricas como Menem para marcar una distancia con el “chupamedismo” y la sumisión, se dibuja el perfil de una líder que se niega a ser una figura decorativa.
Victoria Villarruel, con su estilo directo y sin concesiones, encarna la disrupción de un statu quo tácito. Su rol no es el de una espectadora pasiva, ni el de una acompañante silenciosa, y mucho menos el de quien debe callar por “decoro”. Su voz, cargada de una visión particular y a menudo confrontativa, expone precisamente lo que se busca silenciar: la autonomía de pensamiento de una mujer en un ámbito tradicionalmente dominado por códigos masculinos. Y en ese sentido, las críticas y el intento de ninguneo que recibe son, paradójicamente, la mejor prueba de su relevancia y de la incomodidad que genera su auténtica libertad de criterio.
Carlos Alberto Leiva