El pulso de la realidad, a menudo, se distorsiona en el eco de nuestras propias convicciones, y en la Argentina contemporánea, este fenómeno alcanza cotas de una intensidad preocupante. La irrupción de Javier Milei en el escenario político ha catalizado una profunda revisión de las narrativas preexistentes, y la reciente anécdota de los que fueron por los Granaderos sugiere una reflexión urgente, no solo para el oficialismo, sino para todo el arco político y social.
Hay, en el impulso original que llevó a Milei al poder, algo loable y profundamente verdadero. Es innegable que una vasta porción de la sociedad argentina sentía un hartazgo genuino, una profunda desilusión con las prácticas y los resultados de lo que, con razón o sin ella, se percibía como una clase política ensimismada. La promesa de una ruptura radical, de una motosierra que desguazara privilegios y burocracia, resonó con la frustración acumulada de décadas. La convicción de que “este modelo no va más” no es una fantasía; es una verdad palpable en los bolsillos vacíos y en las esperanzas marchitas de millones.
Sin embargo, en el fragor de la batalla cultural, la línea entre la audacia y la fantasía se difumina peligrosamente. La idea de que el mundo conspira, de que existe una “casta” global o local con el único propósito de derrocar una gestión que apenas comienza, entra en el terreno de lo imaginativo, aunque en su acepción más paranoica. Cuando un evento tan simple como un desfile de Granaderos se interpreta como una señal inequívoca de adhesión popular, ignorando el hecho de que la gente, simplemente, disfruta de un espectáculo tradicional, se revela una profunda disonancia cognitiva. La baja afluencia de público, que se transforma en la narrativa de un “puñado de fanáticos” que no fueron a ver a Milei, sino a los Granaderos, es un dato que debería invitar a la introspección, no a la victimización.
Y aquí reside el peligro más acuciante: la victimización. Cuando una fuerza política, recién llegada al poder con un mandato contundente, comienza a creer que “el mundo está contra” ella, se siembra la semilla de un aislamiento autodestructivo. Esta narrativa, lejos de fortalecer, fragiliza. Transforma a cualquier crítico, por constructivo que sea, en un “enemigo”; a cualquier disidencia, en una “conspiración”. Impide la autocrítica esencial para corregir el rumbo y aprender de los errores, un proceso indispensable en cualquier gestión, máxime en una que propone cambios de la magnitud actual.
Critican a Milei por las formas. Defienden a Macri por las formas. Odian a CFK por las formas (no por sus ideas nefastas).
— Santi C. (@slcaputo) March 3, 2026
No tienen nada para aportar al debate de ideas. Son un grupito de señores de pelo blanco que nunca entendieron que la democracia liberal es un método con…
El clamor por un debate de ideas, que subyace en la crítica de Santiago Caputo a la “élite argentina”, es un espejo en el que todos, oficialistas y opositores, deberían mirarse. Si la política se degrada a una confrontación de formas vacías, la Nación empobrece en su espíritu y en su sustancia. Pero la respuesta a esa superficialidad no puede ser una nueva superficialidad, donde la interpretación de los hechos se subordina a la necesidad de construir un enemigo. La autoconciencia crítica es un requisito para la buena gobernanza. La convicción de que se tiene la razón absoluta, sumada a la percepción de un asedio constante, puede conducir a una desconexión fatal con la realidad y, en última instancia, al fracaso de las transformaciones que la sociedad, con tanto anhelo, espera. La democracia, en su complejidad, exige más que fe; exige pragmatismo, escucha y una capacidad inquebrantable para diferenciar el deseo de la realidad.
Carlos Alberto Leiva