La imagen es recurrente, casi un ritual: argentinos volcándose a la compra de dólares ante cualquier atisbo de inestabilidad. Esta dolarización persistente de los ahorros y la profunda realidad de una economía bimonetaria no son meros caprichos del mercado, sino los síntomas de una enfermedad crónica: la histórica desconfianza en la moneda nacional y en la gestión económica del país. “¿Por qué la gente es bimonetaria en la Argentina?”, la respuesta, dolorosamente cruda, resuena en la memoria colectiva: “Porque la cagaron 200 veces”. Esta frase, que se ha grabado en el “grupo sanguíneo” de la nación, es el punto de partida ineludible para cualquier análisis sobre el incierto futuro monetario.
El fenómeno trasciende la simple adquisición de divisas. Implica sacarlas del circuito económico productivo, encapsulando una profunda falta de fe no solo en el peso, sino también en la capacidad del Estado para generar la esquiva estabilidad. Eventos traumáticos como hiperinflaciones que licuaron patrimonios, planes económicos fallidos que prometieron soluciones mágicas y el inolvidable “Corralito” de 2001, que confiscó depósitos bancarios, han moldeado una memoria colectiva donde la moneda local es sinónimo de riesgo y pérdida. Cada ciclo de crisis refuerza la convicción de que el dólar no es una opción, sino una necesidad de supervivencia.
A diferencia de países vecinos como Perú o Uruguay, que lograron transitar hacia regímenes bimonetarios más ordenados o incluso procesos de desdolarización parcial, la experiencia argentina es un espejo de la complejidad. En esas naciones, la estabilidad macroeconómica sostenida, la disciplina fiscal y la construcción de bancos centrales creíbles sentaron las bases para que sus monedas locales recuperaran valor y confianza. En Argentina, la repetición de errores y la debilidad institucional del Banco Central, que a menudo ha operado bajo la sombra de la política, han impedido la consolidación de una política monetaria que ancle las expectativas y rompa el círculo vicioso. La desdolarización, entonces, no es una cuestión de voluntad, sino de décadas de construcción de credibilidad.
Actualmente, el gobierno de Javier Milei enfrenta el colosal desafío de revertir esta tendencia. La dolarización continuará, se argumenta, hasta que no se establezca esa confianza largamente anhelada. Sin embargo, los críticos advierten sobre los riesgos de cualquier error macroeconómico, como una liberación inoportuna del mercado de dólares que podría exacerbar la fuga de capitales y el retiro de miles de millones de dólares del circuito formal. La visión de un dólar “realmente libre” choca con una realidad donde la confianza no se decreta, sino que se construye ladrillo a ladrillo, con políticas consistentes y resultados tangibles.
La persistente inflación crónica actúa como el motor principal de esta dolarización de facto, erosionando sin piedad el poder adquisitivo del peso y empujando a ahorristas y empresas a buscar refugio en una moneda que, a pesar de sus vaivenes, ha demostrado ser un mejor resguardo de valor. Más allá de las grandes cifras, esta dolarización informal tiene un impacto directo y cotidiano: dificulta la planificación a largo plazo para familias y negocios, distorsiona los precios relativos de la economía y complejiza la aplicación de cualquier política económica, manteniendo al país en un estado de vulnerabilidad constante.
En última instancia, la falta de confianza en Argentina no reside únicamente en las acciones del gobierno de turno, sino en una percepción más profunda: la de que “este país no se la va a bancar” a largo plazo. Es una amalgama de escepticismo histórico y una preocupación latente sobre la instrumentalización de las políticas económicas. La dolarización, lejos de ser un mero indicador de precios o de miedo, es un reflejo del delicado y frágil equilibrio entre la historia, las decisiones políticas erráticas y la fe –o la alarmante ausencia de ella– que la sociedad argentina deposita en sus propias instituciones económicas.
Carlos Alberto Leiva