La política argentina transita hoy por una de sus fases más intensas y polarizadas, obligando a repensar los fundamentos de nuestra convivencia democrática y republicana. Desde un espectro de centro, la observación crítica se hace indispensable para comprender los rumbos que toma el país y los desafíos que se presentan a quienes creen en la construcción gradual y consensuada.
El reciente contraste entre dos modelos de gobierno nos ha puesto frente a un espejo. La administración de Mauricio Macri, con sus matices y críticas propias, buscó un camino de reordenamiento económico que, aunque lento para algunos y costoso para otros, se insertaba en una lógica de “equilibrio”. Su apuesta por el gradualismo pretendía, en teoría, evitar los shocks bruscos, buscando una recomposición macroeconómica sin desarticular de golpe el tejido productivo ni el poder adquisitivo de los ciudadanos. Era, en esencia, un intento de gestionar las complejidades de nuestra economía dentro de un marco democrático previsible.
Hoy, la Argentina se encuentra inmersa en la audaz apuesta de Javier Milei. Su enfoque de “shock” o “motosierra” se propone una estabilización fiscal y monetaria a velocidad inusitada. Si bien la intención de ordenar las cuentas públicas es un anhelo compartido por muchos, el impacto social y productivo de un ajuste tan drástico ya se hace sentir. La caída del poder adquisitivo de los salarios, la contracción del consumo y, lo que es aún más preocupante, el cierre de fábricas, algunas de ellas con profunda raíz en nuestro desarrollo industrial, dibujan un escenario de alta tensión. A esto se suma la complejidad de una política cambiaria donde la noción de un dólar “pisado” genera interrogantes sobre la competitividad y la sostenibilidad a largo plazo.
Desde una perspectiva republicana y democrática, la preocupación central no es solo económica. El radicalismo de ciertas propuestas y la disrupción que generan en el Estado y en el sentido de nación, nos llevan a una reflexión crucial sobre los liderazgos y sus responsabilidades históricas.
Es en este punto donde la figura de Mauricio Macri, y por extensión el espacio de centro-derecha que representa, enfrenta una encrucijada determinante. Si Macri y su sector no logran desmarcarse de las aristas más disruptivas y antipolíticas del gobierno actual, corren un riesgo enorme. El peligro no es solo el de perder influencia política frente a la consolidación de un fenómeno como el de Milei, sino también el de validar, por omisión o por apoyo explícito, una visión que parece concebir al Estado y a las instituciones republicanas más como enemigos a destruir que como herramientas fundamentales para el progreso y la cohesión social.
El “sentido de nación” y los valores republicanos de diálogo, consenso y construcción institucional son pilares que, desde el centro, siempre se han defendido. Asistir a su posible desmantelamiento sin una postura clara y firme por parte de quienes una vez se presentaron como sus garantes, sería un retroceso histórico. Macri, en este momento decisivo, tiene la oportunidad de reflexionar profundamente sobre sus propias convicciones y las de su espacio. Jugarse por ellas, revalidando la importancia de la construcción democrática y la protección del Estado como garante de derechos y oportunidades, es una responsabilidad que va más allá de la coyuntura y se inscribe en la defensa de los principios que deben cimentar el futuro de Argentina.
Carlos Alberto Leiva