El dilema del votante de centro: entre la urgencia social y el fantasma de la emisión

La política argentina vuelve a encontrarse ante su laberinto histórico más recurrente. A medida que el calendario electoral avanza y las tensiones económicas dominan la escena cotidiana, figuras como el gobernador bonaerense Axel Kicillof intensifican sus recorridas y discursos con un objetivo claro: plantarse como la principal alternativa al modelo de ajuste del gobierno nacional. Sin embargo, para el votante moderado, aquel que no habita en los extremos de la grieta, el dilema no pasa por sumarse ciegamente a una épica militante ni por convalidar un sacrificio social sin red. Las preguntas que surgen en la quietud del hogar son mucho más básicas y exigentes: ¿cómo se sale de esta crisis?, ¿para qué se propone un modelo alternativo?, y, sobre todo, ¿tiene algún sentido volver a ensayar recetas del pasado que ya demostraron su fragilidad?

Por un lado, el diagnóstico que enarbola el kirchnerismo dialoga de manera directa con el malestar tangible en la calle. Cuando Kicillof señala que el ajuste asfixia a la clase media, desploma el consumo, destruye PyMEs y multiplica el endeudamiento de las familias para pagar servicios o alimentos, pone sobre la mesa una realidad que afecta a vastos sectores de la sociedad. La demanda por un Estado que amortigüe el impacto de la crisis, proteja el entramado industrial y evite que la recesión se convierta en una catástrofe social encuentra eco en una ciudadanía agotada.

No obstante, la vereda de enfrente exhibe un fantasma igual de pesado que condiciona cualquier proyección: los números de la herencia reciente. Es imposible dialogar con el votante de centro sin hacerse cargo de que el proceso inflacionario culminó bajo la administración anterior con un acumulado anual superior al 210%. Para el ciudadano común, la memoria inflacionaria funciona como un mecanismo de defensa. La gran duda que paraliza a muchos electores indecisos no es la legitimidad del reclamo contra el modelo actual, sino el método para reemplazarlo.

Ahí radica el núcleo de la encrucijada política. ¿Qué se responde cuando se plantea la vuelta a un esquema de fuerte intervención estatal? La inquietud legítima de la sociedad apunta a saber si una eventual alternativa opositora aprendió de los desequilibrios macroeconómicos previos. Volver a las herramientas de emisión monetaria descontrolada para financiar déficit o descuidar las cuentas públicas ya demostró ser un callejón sin salida que termina pulverizando los ingresos de los mismos sectores que se intenta defender.

El desafío para la oposición, y particularmente para figuras con aspiraciones de centralidad nacional como Kicillof, excede largamente la comodidad de la trinchera discursiva o la polarización automática con la Casa Rosada. El electorado de centro no busca consignas vacías ni fórmulas mágicas; reclama previsibilidad, equipos técnicos sólidos y, fundamentalmente, la garantía de que construir un país con producción, trabajo y justicia social no signifique, indefectiblemente, reabrir la puerta a la espiral inflacionaria. Sin esa respuesta clara, cualquier alternativa correrá el riesgo de hablarle solo a los convencidos, dejando al margen a una mayoría que necesita recuperar el equilibrio sin reincidir en los errores del pasado.

Carlos Alberto Leiva

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