Del palacio a la tapa: cuando el tabú se vuelve síntoma

La política argentina transita una cornisa inédita donde las certezas del poder se desarman por acumulación de signos idénticos. Lo que durante meses funcionó como un secreto a voces o un murmullo de pasillo —el estado emocional y la desconexión del Presidente Javier Milei— dejó de pertenecer al terreno de la especulación opositora para instalarse en el núcleo de la propia coalición gobernante y en la diagnosis filosa de la opinión pública.

El recorrido tiene dos estaciones clave que marcan un antes y un después. Primero fue Victoria Villarruel quien cruzó la línea roja institucional. Al advertir públicamente una “genuina preocupación por su estado” y señalar las “persecuciones imaginarias” que el mandatario replica de manera obsesiva, la vicepresidenta rompió el gran tabú del sistema: poner en duda desde la cúspide del Estado la estabilidad de quien lo encabeza. La respuesta del oficialismo —exigiéndole a los gritos que dé un paso al costado por considerar sus dichos un agravio intolerable— no hizo más que confirmar la magnitud de la herida interna.

Semanas después, el círculo se cierra con el análisis de Jorge Fontevecchia desde Perfil. Apoyándose en herramientas de la sociología y la filosofía de Goffman o Bergson, el diagnóstico periodístico traduce en conceptos lo que la vicepresidenta vislumbró en la trastienda del poder: un liderazgo que se desgasta, pierde fachada, cae en la rigidez autómata y transita de la indignación inicial a la pena colectiva.

Cuando el vértice de un gobierno y el análisis crítico de medios coinciden en diagnosticar que la conducción está desquiciada de la realidad, el problema deja de ser una coyuntura parlamentaria para transformarse en una crisis de representación terminal. Ya no se discute únicamente el rumbo de la economía o la efectividad de un decreto; se discute si el timonel percibe el mismo mapa que el resto de la sociedad. Dos voces desde veredas opuestas, un mismo espejo roto.

Carlos Alberto Leiva

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