La política argentina nunca deja de ensayar su propia parodia, un sainete permanente donde los límites entre el debate institucional, el plató televisivo y la crónica de variedades se disuelven por completo. En este ecosistema de pasiones calientes, la noche mediática opera como el termómetro infalible de un pulso social que ya no busca solemnidad, sino descarga.
La noche en pantalla: ironía, archivo y catarsis
La franja nocturna de A24 se consolida como el gran fogón donde se cocina el clima de época a través de un abanico de recursos catárticos:
- El registro ácido: La ironía analítica y el escepticismo de Pablo Rossi operan como un espejo fiel de las contradicciones del poder.
- El choque frontal: Las intervenciones de Eduardo Feinmann, basadas en el archivo implacable y la interpelación directa, exponen a flor de piel el desgaste de la dirigencia.
- El desahogo visceral: Los cierres de Baby Etchecopar —con su sarcasmo filoso de café antes de pasarle la posta a Luis Novaresio— conectan de manera cruda con un sector harto de los formalismos corporativos.
El tablero electoral y el valor de la calle
Mientras el mapa político camina de forma acelerada hacia una polarización estructural entre dos polos bien definidos —el universo libertario y el peronismo/kirchnerismo ordenado en torno a Axel Kicillof—, la discusión sobre los liderazgos expone dilemas profundos.
En ese ring de armados imaginarios, las figuras de carácter fuerte y verticalista como Victoria Villarruel exhiben una impronta muy propia, reacia a subordinarse a dinámicas de segundo plano. Frente a los tecnócratas de escritorio, emerge con fuerza una moneda de cambio mucho más pesada: el oficio de la trinchera. Para un sector considerable del electorado, la lealtad y el recorrido de Patricia Bullrich —votada con la convicción de quien tiene más “calle” que Milei y Kicillof juntos— siguen pesando más que cualquier innovación teórica de laboratorio, más allá de que el show continúe con chismes de pasillo sobre quién hace las valijas o especulaciones sobre ausencias rutilantes como la de Nicole Neumann en los zócalos de la tarde.
El péndulo fatal: ajuste, sombras y descontrol
Sin embargo, detrás del show televisivo y la rosca electoral, el país camina al filo del abismo, atrapado sin salida entre las calamidades de un ajuste eterno y la tentación permanente de la maquinita de imprimir billetes de Kicillof para financiar el festival de parches.
Ese desastre económico camina de la mano de un Estado corroído por el cinismo: desde la farsa de la mano dura y la convivencia soterrada con el negocio narco que supo ensayar Sergio Berni, dejando un tendal de zonas liberadas, hasta la persistencia de las heridas que la democracia jamás cerró, como la muerte de Alberto Nisman todavía sin justicia ni resolución, testimonio brutal de la impunidad de los sótanos del poder. Como corolario de esta decadencia, la calle responde con su propia ley y un clima de violencia donde las armas están al alcance de la mano, listas para gatillar ante el primer chispazo.
El sainete permanente
Al final del día, intentar separar la discusión sobre el rumbo del país del espectáculo televisivo es una ilusión. Entre fórmulas proyectadas, fantasmas institucionales y el pulso efímero de las pantallas, la política conserva su sello más genuino: un sainete donde la tragedia y la farsa se dan la mano. Ante tanta impostura, catarsis mediática y decadencia estructural, al cronista lúcido desde su trinchera solo le queda mirar el circo de los vivos, encender los parlantes con unos buenos acordes de Black Flag y recordar que frente a este desfile de especuladores, I got a six pack and dont need you.
Carlos Alberto Leiva