El título ya es una condena: “Defender lo indefendible”. Y eso es exactamente lo que hizo la diputada Sabrina Ajmechet, agachando la cabeza para justificar lo injustificable con un hilo de Twitter tan flojo de papeles que da vergüenza ajena.
Nos quiere vender que porque los pibes de la ORT llevaron la autorización firmada por los viejos y nadie los arrastró a los tirones, ya no hay adoctrinamiento. Como si la coerción necesitara siempre una bayoneta en la nuca y no la bajada de línea sutil, el aplauso comprado o el presidente de turno caldeando la tribuna para que los alumnos le hagan el trabajo sucio y abucheen a los periodistas. ¡Dale, Sabrina!
Ponerle el cuerpo a la defensa de los ataques a la prensa en plena era de algoritmos, ejércitos de trolls y desinformación serializada no es solo un error táctico; es un tiro en el pie. Cuando el poder desde arriba calienta la cancha para que una tribuna señale y hostigue a un periodista, se cruza una línea peligrosa. En un ecosistema donde la verdad cotiza a la baja y las redes están inundadas de operaciones, alentar el linchamiento mediático ya no es “desafiar al statu quo”: es habilitar un estercolero.
El kirchnerismo perfeccionó esa maquinaria de escraches y listas negras, y el gran argumento de cambio era, justamente, enterrar esa prepotencia. Convalidar las mismas prácticas —cambiando de bando los carteles y los aplaudidores— es regalarle la bandera de la república a los hipócritas de siempre.
Que el PRO y sus espadas mediáticas salgan hoy a avalar esta agresión a la prensa solo demuestra que se enamoraron de los métodos que decían combatir. Las batallas culturales se ganan con ideas y gestión, no aplaudiendo patoterismos de un lado o del otro. Cuando el poder se mimetiza con aquello que juró destruir, lo único que queda por defender es la propia incoherencia.
Amigos bienintencionados
— Sabrina Ajmechet (@ajmechet) August 28, 2026
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Carlos Alberto Leiva