La soberanía no se grita, se administra

Hay una extraña costumbre en nuestra política de creer que los problemas complejos se resuelven con un acting de guion cinematográfico. Se convoca a un concurso patriótico de virilidad verbal y se exige al Congreso un cheque en blanco bajo la amenaza de que, si no se vota tal o cual herramienta de seguridad nacional, uno automáticamente se convierte en cómplice de los intereses británicos o del crimen organizado. La escena ya la vimos cien veces. Lo preocupante no es que insistan con el libreto, sino que confundan la gestión del Estado con una charla de café entre militantes de redes sociales.

La pretensión de encuadrar el diferendo por las Islas Malvinas y la extracción de petróleo del proyecto Sea Lion dentro de un paquete exprés de seguridad interior —exigiendo que la oposición convalide leyes a libro cerrado bajo la excusa de no quedar como antipatria— revela un profundo desconocimiento de cómo funciona el mundo real. Pretender que con un par de sanciones financieras locales o un relato de épica digital vamos a frenar a una potencia nuclear que opera en el Atlántico Sur mientras acumulamos vencimientos asfixiantes con el Fondo Monetario Internacional no es una demostración de firmeza; es un ejercicio de voluntarismo infantil.

El Reino Unido no va a frenar sus planes hidrocarburíferos porque un funcionario local los catalogue de amenaza asimétrica, ni Washington va a alterar su tablero geopolítico porque logremos acorralar a tres diputados opositores en un recinto legislativo. La soberanía real no se declama con eslóganes altisonantes ni se mide por cuántos bloques políticos logramos dejar en offside. Se construye con previsibilidad macroeconómica, con una moneda sana, con alianzas diplomáticas inteligentes y con una defensa que cuente con recursos materiales reales, no con bravuconadas dialécticas.

Gobernar un país que camina por la cornisa financiera exige una dosis mínima de sensatez y sentido común. Inventar enemigos globales todos los días para ordenar la interna del propio bloque no fortalece a la Argentina; la aísla y la debilita aún más. Los problemas graves de seguridad y de recursos naturales no se solucionan fabricando una grieta parlamentaria más. Requieren acuerdos de Estado, instituciones sólidas y, sobre todo, dejar de creer que la política exterior es un hilo de Twitter.

Carlos Alberto Leiva

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