La patria a la deriva: cuando la geopolítica se subasta al mejor postor

Desde los márgenes de una política tradicional que ya no interpela y frente a una modernidad líquida que aplaude el eslogan antes que la estrategia, el análisis nacional se debate entre la urgencia y el estupor. Observar el devenir de la Argentina desde la periferia de los grandes aparatos partidarios permite ver aquello que el ruido de la trinchera oculta: la improvisación hecha doctrina de Estado. El reciente traspié geopolítico frente al Reino Unido y el uso táctico que Donald Trump hace de la causa austral no hacen más que desnudar la impericia de una gestión que creyó que la diplomacia se reducía a una sumisión estética, dejando al país en la más absoluta orfandad.

Durante décadas, la República Argentina construyó un reclamo pacífico, firme y fundado sobre un basamento histórico e indiscutible. El Estado heredó los legítimos derechos de soberanía que la Corona española detentaba sobre el archipiélago austral tras la independencia y el repliegue definitivo de 1811, una continuidad abruptamente quebrada por la usurpación británica de 1833 a punta de cañón. Esa causa, consagrada como un objetivo irrenunciable en nuestra Constitución Nacional, no era una entelequia nostálgica; era el andamiaje sobre el cual la diplomacia argentina tejía alianzas multilaterales, interpelaba al derecho internacional y recordaba que el colonialismo del siglo XIX no podía convalidarse por la vía de los hechos consumados, ni siquiera tras el trágico epílogo militar de 1982 que blindó la base militar de Mount Pleasant.

¿Dónde depositó Javier Milei ese mandato histórico en su rol de primer mandatario? Al subordinar la política exterior a una devoción ideológica ciega, el Gobierno desarmó la caja de herramientas de la nación. La ilusión de que la alineación automática con la Casa Blanca bastaría para redibujar el mapa de las Malvinas chocó con la cruda realidad del ajedrez global. Lejos de constituir un respaldo genuino a la causa argentina, la jugada de Donald Trump de poner en duda la neutralidad histórica de Washington y amenazar con revisar el apoyo al Reino Unido responde exclusivamente a una extorsión geopolítica propia: una factura enojosa que el líder norteamericano le cobra a Londres por no haber secundado militarmente a su administración en los teatros de operaciones de Oriente Medio.

El presidente estadounidense utiliza el archipiélago como una ficha de especulación interna para disciplinar a la OTAN, mientras la Casa Rosada aplaude con ingenuidad infantil un guiño coyuntural que no es más que el subproducto de una pelea ajena. El problema no es solo que el oficialismo haya ignorado la expansión de la actividad petrolera ilegal en la zona; el problema estructural es la absoluta carencia de dignidad estratégica. Al vaciar de contenido soberano el reclamo histórico, al degradar la diplomacia a un acto de obsecuencia digital y al mendigar favores en medio de disputas imperiales, la administración actual dejó el pabellón nacional a la intemperie.

Un verdadero estadista comprende que la soberanía no se mendiga ni se subasta al calor de los caprichos de una potencia extranjera. La improvisación diplomática se paga cara, y cuando la política exterior se reduce a un acto de fe voluntarista, el precio no lo pagan los despachos del poder, sino la memoria histórica de una nación que observa, con impotencia, cómo se rifa su destino en el tablero del mundo.

Carlos Alberto Leiva

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