Soberanía de ocasión: cuando Malvinas vuelve al ring de la política doméstica

La discusión por Malvinas en la Argentina suele chocar contra un péndulo histórico incómodo: la causa nacional se usa con frecuencia como un recurso táctico de la política según sople el viento, mientras los temas de fondo quedan congelados en los cajones del Congreso.

El reciente movimiento de Unión por la Patria tras la cadena nacional de Javier Milei expone una dinámica muy repetida. Por un lado, el Gobierno endurece su discurso y saca a relucir decretos para mostrar firmeza con las empresas que operan en la zona en disputa. Por el otro, la oposición le recuerda al oficialismo que las palabras van a contramano de los hechos institucionales: la Comisión de Relaciones Exteriores de Diputados durmió casi un centenar de proyectos sobre el Atlántico Sur durante los últimos dos años sin darles debate real.

Desde el sentido común, acá no hay inocentes ni dueños exclusivos de la patria. Malvinas es un tema demasiado sensible como para administrarlo a base de conveniencias coyunturales. El oficialismo cae en la tentación de subirse a la bandera cuando le sirve para sintonizar con el fervor popular, pero le escatima al Parlamento el funcionamiento plural y activo que una política de Estado de esta magnitud exige. Y la oposición, aunque atina a marcar esa contradicción con proyectos específicos sobre controles hidrocarburíferos y gestiones diplomáticas con países vecinos, también capitaliza políticamente el bache de gestión ajeno para autoproclamarse guardiana histórica de la causa.

La honestidad intelectual obliga a mirar más allá de la chicana partidaria. Las leyes existen, los decretos se firman y los discursos se aplauden, pero la soberanía no se defiende acumulando proyectos que mueren en comisiones inanes ni limitando el reclamo a un impacto comunicacional de redes o cadenas nacionales. Si Malvinas deja de ser un eslogan para transformarse en política pública seria, el primer paso debería ser dejar de usar el archipiélago como ring de boxeo político y empezar a discutir los temas concretos —como el control de recursos y la diplomacia regional— con la constancia que el tema merece, gobierne quien gobierne.

Carlos Alberto Leiva

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