El análisis sobre el escenario político argentino presentado por Proyección Consultores pone sobre la mesa una discusión recurrente: la persistencia de una dinámica bipolar que ahoga las chances de cualquier alternativa por fuera de los dos grandes extremos. Sin embargo, leer la realidad política únicamente a través de la dicotomía entre el oficialismo libertario y el peronismo kirchnerista implica correr el riesgo de simplificar un malestar social mucho más profundo y heterogéneo.
Sostener que el “ningunismo” —esa porción de la sociedad que rechaza a toda la dirigencia— no se traduce en votos para un outsider porque faltan figuras con nivel de conocimiento es una lectura estrictamente cuantitativa que omite la raíz del problema. El electorado no busca simplemente una cara nueva o una réplica moderada de los mismos esquemas, sino respuestas tangibles a una crisis de expectativas que lleva años sin resolverse. La dificultad de los moderados o de las terceras vías no radica solo en la falta de estructura o de 100% de conocimiento, sino en su incapacidad histórica para representar un proyecto superador que no huela a cálculo electoral o a refugio de aparato.
Por otro lado, los datos sobre los techos de rechazo —con un antimileísmo en el 41% y un antiperonismo en el 38%— muestran un país partido por un profundo clivaje defensivo. Se vota más por miedo a lo que viene del otro lado que por convicción absoluta en el propio espacio. Esta polarización extrema, lejos de ser un reflejo natural e inalterable de la sociedad, es también una construcción funcional a los propios actores políticos. Tanto el oficialismo como la oposición más concentrada necesitan alimentarse recíprocamente: el gobierno encuentra en el peronismo el enemigo ideal para ordenar su tropa, y el peronismo capitaliza el desgaste de la gestión económica para recuperar volumen político.
No obstante, pretender que el mapa electoral se agota en esa pelea de dos margenes es ignorar la volatilidad del humor social argentino. La historia reciente demuestra que los consensos en la cima de la pirámide política son sumamente frágiles cuando la economía cotidiana no da respuestas estables. Si bien las estructuras tradicionales conservan un piso duro de fidelidad, el porcentaje de ciudadanos que transita la apatía o la desconfianza no es un número estático, sino una reserva de fastidio que puede mutar rápidamente ante cualquier imprevisto institucional o macroeconómico.
Más que una “banquina angosta” destinada a desaparecer, el espacio de quienes no se sienten representados por ninguno de los dos polos refleja el síntoma de una democracia que todavía adeuda representación real. La pregunta de fondo no es si los outsiders o el centro tienen o no suficiente espacio en las encuestas a más de un año de la elección, sino hasta qué punto la sociedad seguirá tolerando una oferta política reducida a elegir sistemáticamente el mal menor.
Carlos Alberto Leiva